jueves, 14 de junio de 2018

Picaíto en La Minorista

El Cholo gambetea como Messi, pero su personalidad es más tipo Cristiano. Estatura media, desgarbado y un copete alto de Johnny Bravo, escoge sus jugadores: se pide a Tomás, el menor, y a Chinga, un mono pálido que limpia parqueaderos. El Cabezón, el Burro, Cristian y la Perris conforman el otro equipo.


*La vida en La Minorista para Universo Centro y su Mapa Centro de Medellín. 

El último poeta del Coltejer *

En las escalas, sucias, un hombre de canas y gafas, con un periódico en la mano, le dice a Carlos: “Excúseme, ¿cómo está mi francés?”; lo dice en franchute. Los viejos hablan de poesía y, al otro lado, por Junín, los bancos empiezan a llenarse de las inmensas filas de la tarde. El poeta nació en Remedios, pero se “hizo y deshizo” en Puerto Berrío. Todos los días llega a las nueve o diez de la mañana a las escalas, después de escribir durante dos horas religiosas en una cafetería del Unión. Carga un bolso con algunas de sus veintidós publicaciones, que vende a doce y a quince mil pesos, también ofrece una revista literaria en la que colabora.
—¿Qué negocio están haciendo ustedes? —pregunta algún curioso que se arrima al grupo de hombres.
—¿Nosotros? ¿Negocios? Ese es el término menos utilizado aquí.

Más: http://www.centrodemedellin.co/ArticulosView.aspx?id=276&idArt=277

*Crónica sobre el edificio Coltejer para Universo Centro y su Mapa Centro de Medellín. 

La señora del 630




Todos los días, de cinco y media de la mañana a siete de la noche, María Dolores recorre la ciudad en su taxi. Abuela juguetona, lectora voraz, su verdadera pasión la trae hasta en el apellido: la calle.


Lleva unos quince minutos concentrada en el crucigrama del periódico. El dios de los vientos, vertical: Eolo. Nobel de Física y Química, mujer, horizontal: Marie Curie. Revisa su reloj plateado cada dos minutos. Contesta una llamada y dice que antes de las siete estará en casa. Regresa a las páginas: abuso, vertical: acoso. Levanta la mirada y reconoce a la desconocida que la busca. Se acomoda los aretes, plateados, y tuerce la boca para decir soy yo.
—¿Acabaste de llegar? Yo apenas, apenas. Tengo una prima agonizando desde el viernes. Cáncer de estómago, imagínate. Vámonos por Las Vegas que la avenida del Poblado debe estar imposible a esta hora. ¿Vos sos hija de familia? Que si tus papás siguen casados. Como es de bueno ser hija de familia. Esperate, tengo abierta la puerta mía.
En efecto, es ella. La mujer que conduce un taxi Hyundai Atos 2008; la del 630. La taxista a la que, a veces, sobre todo en el suroccidente de Medellín, se le ve resolviendo crucigramas y sudokus en los semáforos. María Dolores es su nombre: Lola para sus amigas y conocidos, Lolita para su exmarido, Tía Dolo para sus sobrinos. Son las cinco y media de la tarde, la ciudad trata de recuperar el aliento después del aguacero y la mujer continúa en un encabritado monólogo:
—Yo voy al Hueco a comprar telas y mando a hacer estos vestidos. Toda la vida fui la niña gordita; mi mamá estuvo cinco años buscándome, y cuando supo que quedó en embarazo se sentó a comer. Entonces yo decía: cuando adelgace, me voy a comprar unos pantalones. Ve, me hice una cirugía, pero no fui capaz. ¿Vos cómo hacés toda encerrada ahí? Vámonos para mi casa. Te tomás una cocacolita light y terminamos esta entrevista.

***

María Dolores Calle Arcila nació hace 67 años en Medellín. Hija de una familia acomodada, su padre fue perito de tránsito de los años cincuenta y su madre una maestra de escuela que renunció al oficio apenas se casó y quiso ser madre. La familia, de cuatro hijos, fue una de las primeras en habitar una casona en Laureles. La mayor, la primera, la hija consentida fue Lola.
—Mi mamá no era ni ninguna boba, era muy jodida, muy entendida. Le gustaba mucho leer de historia patria, hacer crucigramas, no se dejó archivar en conocimientos. Mi papá era muy alcahueta y fumaba mucho, gran fumador, en ese entonces era el que hacía los exámenes para sacar el pase. Murió cuando yo tenía dieciocho años.  
Estudiante obediente, lectora por gusto, al finalizar el bachillerato Lola hizo un curso de taquigrafía y técnicas de oficina. Quiso estudiar medicina, pero nunca pasó a la Universidad de Antioquia. Entre los conmutadores de Coltepunto, Coltejer, conoció a su esposo, un hombre veinte años mayor con quien tuvo a Virginia María, su única hija.
—Ese hombre era muy bravo, santandereano, me puso unos cachos gigantes. Cuando yo me enteré, me separé, y él se murió, ya no existió más para mí.
Pero ese hombre, muerto ya, alcanzó a regalarle a ella un Pontiac negro, grande y viejo. Un Pontiac importante para esta historia.

***

El carro respira fuerte y lento; avanzamos por la avenida Las Vegas a paso moderado. Lola tiene el pelo corto, teñido de rubio, y unos ojos claros cansados. Bosteza. Lleva puesto un vestido, largo, estampado de flores, tela gruesa y bolsillos en la cadera.
—Está muy difícil trabajar ahora, la ciudad tiene muchos traumas, hay tacos hasta de dos horas; no es como hace diez años que era más fluido, menos obras, más gente pedía el servicio. Y, para colmo, mañana no salgo. Virginia leyó en internet que esos taxistas revolucionarios dijeron que iban a comprar bolitas de cristal con caucheras y huevos podridos para tirarles a los compañeros que trabajen.
Cada vez que puede, Lola saca su mano izquierda por su ventanilla y hace alguna señal: frene, hay un accidente, siga.
—Nosotros deberíamos tener algún puesto en el tránsito, nos deberían preguntar qué semáforos hacen falta, qué hacer en ciertas vueltas…
—¿Qué es lo más difícil de manejar en esta ciudad?
—Las motos y las bicicletas, porque son muy imprudentes y groseros. Tras de gordo, hinchados… Hablan mucho de derechos, pero no practican sus deberes.

***

Con Virginia siendo apenas una niña de siete años, separada, Lola regresó a la casa de su madre. Desesperada, tenía un solo impulso en la cabeza: ocuparse. Pero no quiso encerrarse en oficinas ni volver a los conmutadores, ella buscó otra cosa: la vida afuera.  
—Yo no supe ser ama de casa. Cuando niña, mi mamá y mi tía hacían todo, con mi esposo teníamos empleada, después volví y mi mamá seguía con la misma contemplación.
Empezó a ir de un lado a otro con sus amigas en el Pontiac negro, por placer y no por una necesidad económica, en viajes que Virginia recuerda más como paseos que carreras. Precursora del Uber, vaya ironía, Lola cobraba lo que sus mismos conocidos le decían que acostumbraban a pagar. Por aquellos días, empezaba a funcionar el aeropuerto José María Córdova y ella se convirtió en la conductora oficial de su círculo de conocidos hasta Rionegro. Alcanzó a transportar al mismísimo Juan Valdez y al elenco de Montecristo, en días en que la carrera costaba 1 200 pesos.
En esos años, lentos y grises, cambió el Pontiac por un Renault 4 y luego por un Renault 9. Virginia creció, se hizo fisioterapista y mamá; sus hermanos se casaron, se divorciaron y tuvieron a sus sobrinos; su madre enfermó de alzhéimer.
A mediados de 2006, cuando Lola empezaba a quejarse de que la vida fuera la misma, una amiga, taxista, le propuso que comprara un taxi, se plantara en la Clínica Las Vegas y saliera a la calle diario. Vos llevás a la gente y no cogés carrera de venida, decía la amiga, montate en la idea del taxi, probá, si te gusta seguís, y si no lo vendés.
—Y no me fue tan duro la manejada. Virginia casi se muere con la idea. ¿Se embobó?, me decía. Yo me embobo si me quedo en la casa. Virginia es la que me controla con las llamadas, todo el día.
Lola es la única mujer entre los sesenta hombres del acopio de Las Vegas.

*** 

De lunes a sábado, la rutina es inclemente: a las cinco y media recoge su primera clienta, la misma muchacha que trabaja en un banco hace años. Luego va al acopio de la Clínica y el siguiente destino es siempre una sorpresa. Casi catorce horas diarias. Trabaja sábados, días especiales, todo diciembre; solo descansa los domingos, obligada por su hija. A veces, incluso, transporta pasajeros conocidos al José María Córdova en la madrugada. 
—Uno con los años se vuelve la flor del trabajo —dice—. Uno quiere sentirse útil. La casa lo anula a uno mucho, vos. En cambio, en el taxi todo el tiempo estoy aprendiendo, haciendo una ruta mental, alejando el alzhéimer. ¿Qué tiene que hacer uno en la casa? Viajar a la nevera.
Sin mayores aspavientos, admite que dirección que no sabe, carrera que no hace. Evita las zonas más periféricas, las de lomas atestadas de carros, motos, niños y bultos, donde no hay manera de reversar. Las historias en carretera, Lola las cuenta con aire, con fuerza, con ganas; las peleas, las anécdotas, las prevenciones son sus hazañas. Hay usuarios que le preguntan si ella es la patrona del taxi. Otros que hacen malas caras cuando ven que es mujer. Mujeres que le cuestionan con cierto escándalo: ¿usted vive en Laureles y maneja taxi? Están los que la reconocen por sus apariciones esporádicas en programas de Teleantioquia. También hay pretendientes.
—La otra vez un señor se montó y me preguntó: ¿señora, a usted no le dan mucho trabajo las direcciones? Y yo, que soy bien prevenida: ¿por qué, señor? ¿Por la edad? Y el pobre: no, es que usted tiene tipo de holandesa, pero ya veo que habla muy paisa. Otra vez un señor me miró y dijo: ay, una señora, yo mejor me voy atrás. Y yo: señor, venga, ni atrás ni adelante, usted está muy estresado con que yo sea mujer, adiós. Y otro viejito con ruana y alpargatas, ve, si yo tengo mil años, él tenía dos mil. Se subió y me dijo: señorita, yo soy soltero y a la orden.
—¿Y usted qué le dijo?
—Yo le respondí: No, señor, ¿cómo así que a la orden? Yo tengo marido y dos niños chiquitos, ¿no me ve trabajando para sostener esa obligación? —suelta la carcajada—. Ahí espanté ese pretendiente, con diente de oro y todo…

***

Adentro, en el carro, tiene lo necesario. Una carpeta con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús y oraciones que le regalan algunos usuarios, una serie de cedés con sus boleros y tangos favoritos, un termo con agua, un cepillo para el pelo y una lima para las uñas, un bolígrafo y una libreta con números.
—Lo primero que hay que hacer en esto es conseguir un mecánico de cabecera y preguntarle si uno lo puede llamar a cualquier hora. Ve, este es mi tango favorito —alcanza uno de los cedés de la parte superior del taxi y empieza a cantar—: El día que me quieras
—¿Quiso casarse otra vez?
—¡Nunca! Eso no lo hace sino uno una vez en la vida, querida. ¡Oh libertad que perfumas…! El “yo me mando” es una cosa muy buena.
Entre carros, motos, volquetas y buses acelerados avanzamos por la 76 con 33. Lola habla de los libros de Agatha Christie y de Álvaro Salom Becerra, del microsueño y los accidentes de carretera. De uno de sus hermanos, Fernando, a quien una moto atropelló y mató a comienzos del año. De la primera carrera que hizo en el taxi, cuando llevó a sus amigas al Cementerio Campos de Paz. Regresa a los días en que lidiaba con el alzhéimer de su madre. Canta: “Voy a perder la cabeza por tu amor”. Y, de pronto, una cuadra antes de llegar a su casa, después de pasar el segundo parque de Laureles, al dar la vuelta en la glorieta, otro taxi nos revienta los oídos: ¡Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! Y Lola, sin pensarlo, le responde a su colega: ¡Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!
—Maricón —masculla—. Todavía ve que voy a dar la vuelta y se iba a meter a cerrarme. Yo compro la pelea, mija.
—¿Hasta cuándo todo este trajín?
—Tres años más, no sé. Si por la edad no me dan el pase, lo chiveo por ahí, porque yo tengo ganas de seguir.
—¿Qué es lo que le gusta tanto?
—La calle, pero la calle con plata, querida.
En la puerta de la casa, Virginia espera a su madre acompañada de sus dos hijas: Sarita, de nueve años, y María del Mar, de uno. Antes de bajarse del carro, Lola confiesa que, aunque quiere mucho a sus nietas, no las atiende tanto como quisiera su hija.
—Pero vos no le vayás a decir eso a Virginia. Vení, entrá.
La casona tiene dos pisos y en el primero viven Lola, su hija, sus nietas, su yerno y un hermano. En la sala hay apenas un par de sillones y una mesa, nada de adornos de cristal, pues María del Mar está en la etapa de romperlo todo. Destroyer, la llaman.
—Esta tarde, un muchacho me preguntó que si mi mamá era la del 630 y que por qué no se quedaba en la casa —dice Virginia—. Y yo le respondí: es que a ella no le gusta la casa, le fascina es la calle, su trabajo. No descansa nada, los domingos porque yo le digo que no, que la familia dónde queda, que el día que yo me muera qué…
—Pero es que la ley natural de la vida es que usted me entierre a mí —dice Lola.
—La vida da tantas vueltas.
—A mí me gustaría que fuera al revés: que mi mamá me entierre a mí —anota Sarita.
Mientras las mujeres hablan, María del Mar no despega la mirada un par de platos y un vaso que hay en la mesa.
—Yo le he dicho: mami, no más, pero ella no me hace caso. Que hasta que dios le dé vida, me dice, y yo: no, uno de ochenta años no puede estar por ahí manejando…
Lola agacha, por primera vez, la mirada durante este viaje y solloza:
—Ya se me está acortando la edad, parece.
Cambia entonces de tema y le comenta a Virginia del incidente a la vuelta de la casa:
—Esta chica ya sabe: yo compro pelea.
Las risas retumban en la casa vieja. Más tarde Lola visitará a aquella prima que lleva días agonizando en el hospital. Al día siguiente, después de mucho tiempo, descansará un miércoles.



miércoles, 11 de febrero de 2015

Una feliz y discreta bacterióloga



Fotografía: Juan Esteban Hernández.



Coordinar, enseñar y aprender, salir a la calle con sus estudiantes y volver siempre a su familia: esa es la vida de la profesora Yolanda López.

Rubí tiene una flor roja en sus manos. Se acerca al salón, algo tímida, muy feliz, llama a la puerta y espera a que la profesora, al otro lado, termine su conversación en el teléfono.
“A mí me gustan mucho las rosas —dice mientras repara en el tallo de la rosa que está por entregar—. Por eso le regalo esta: porque usted me ha ayudado mucho”.
Yolanda, la profesora, todavía sin saber qué decir, abraza a la estudiante de ojos claros. Emocionada, luego de algunos segundos, comienza a repetir: “Yo no he hecho nada, en serio. Han sido mis estudiantes, mis compañeros; yo solo he sido un puente, una facilitadora de procesos”.
En octubre han llegado toda clase de rosas y felicitaciones para Yolanda Lucía López Arango –Bacterióloga y Laboratorista clínica, magíster en Salud Pública–. En menos de quince días la llamaron para contarle dos noticias: sería reconocida durante la celebración de los cien años del Laboratorio departamental de salud pública y recibiría el Premio a la Extensión 2014 de la Universidad de Antioquia.
Ella, una mujer de cuerpo pequeño, eterna aprendiz, de sonrisas grandes y profundas, solo acató a repetirles a todos: “Pero si yo no he hecho nada: soy solo un puente”. 

Los caminos

Yolanda quería ser profesora de matemáticas, pero su mamá no estuvo de acuerdo con la idea: los profesores tenían que hacer un año rural y recién había muerto su esposo. No sabía en ese entonces doña Flor Arango que, a cambio, tendría una hija que durante once años viajaría por todo el departamento mientras detectaba y capturaba en sus manos toda clase mosquitos y garrapatas.
La bacteriología fue más una decisión de la vida, que de la propia Yolanda. Ya había comenzado a estudiar Administración de empresas, cuando leyó Bacteriología y Laboratorio clínico en alguno de los volantes del Colegio Mayor. No sabía qué era nada de eso, pero le interesaba la salud. Cuando supo que los bacteriólogos no tenían que estudiar con cadáveres –asunto que le preocupaba–, eligió la carrera: “Menos mal la vida terminó llevándome por los caminos de la salud, el control y la prevención”.  
Fue buena estudiante, siempre, pero solo entendió y se enamoró de la Bacteriología cuando empezó la práctica en el Laboratorio Departamental de Salud Pública. Es decir, cuando detrás del parásito del paludismo, por ejemplo, pudo ver los problemas higiénicos y sanitarios de comunidades que estaban en el olvido: “En el Laboratorio aprendí que los determinantes de la salud son muy diferentes, que la gente se enferma diferente según sus condiciones de vida. Íbamos a las zonas donde se criaban los mosquitos, los recolectábamos, los llevábamos al laboratorio y le enseñábamos a la comunidad cómo identificarlos, cuál era su ciclo de vida y cuáles eran las medidas de prevención en casa”.
Jovencita, recién graduada, hizo parte del primer Laboratorio de Entomología de Antioquia y comprendió que solo en el terreno podía ser estudiada la salud pública. Once años después, cuando el Laboratorio empezó a desmantelarse por la Ley 100, decidió irse. Fue cuando se vinculó a la Universidad de Antioquia: primero en un proyecto de vigilancia epidemiológica, luego como docente de la Escuela de Microbiología y, finalmente, docente del Grupo de Desarrollo Académico de Salud y Ambiente de la Facultad Nacional de Salud Pública.

La vida en la U

Apenas entró a la Universidad de Antioquia, el 30 de enero de 2000, cogió alas. Tenía dos cosas claras: a los estudiantes había que llevarlos a recorrer su ciudad y había que hablar de salud ambiental en la carrera del bacteriólogo. Eso hizo: “Hago lo que me enseñaron a mí: ir con los estudiantes a cárceles, a los barrios, estudiar con ellos los programas de salud de los hospitales. Yo tengo que enseñar la salud pública real, la del contexto”.
A sus estudiantes les ha enseñado a volver. Por eso más que investigaciones, acompaña procesos: desde 2012 y por iniciativa de uno de sus estudiantes, Juan Carlos Tabares, participa en un proyecto de educación ambiental en el manejo seguro de plaguicidas y otros agroquímicos por campesinos agricultores en Marinilla. Pasó algunos años estudiando con otras jovencitas la situación de los recolectores de basura en nueve corregimientos del Área Metropolitana. “Yo siempre me voy con ellos, yo no soy capaz de quedarme sentada en una oficina”, concluye Yolanda.
Pareciera, lo comentan sus compañeros, que siempre tiene que estar moviéndose en dos o más líneas: “Es muy proactiva, hasta hiperactiva, tiene la capacidad de manejar varias cosas en la mente y que nada se le olvide, con el mismo compromiso”, dice Mauricio Londoño, compañero de trabajo.
Hogareña y muy religiosa, Yolanda suele estar acompañada durante los fines de semana por toda su familia. La tarde del ocho de octubre, mientras reconocían su trabajo de una década por la extensión en la Facultad Nacional de Salud Pública, ella se repetía: “He sido solo un puente”.   
Uno muy sólido, en cualquier caso. 

(Revista Frutos, Vicerrectoría de Extensión UdeA, 2014)


jueves, 5 de febrero de 2015

El arte de buscar

*Un perfilcito para Eafit y Ruta N. 

Sentados a la hora del refrigerio, todos voltean a ver a la misma jovencita morena de ojos negros que tiene el pelo recogido en una trenza gruesa; un muchacho alto, mono, la sentencia: “Jessica, usted; explique usted”. Ella lo duda, mira a Jimena, la tallerista, y se decide: “Podríamos aprovechar los parques de nuestros barrios si tuvieran mejor iluminación, por eso nos dimos a la tarea de hacer un parque que funciona con luz negra y de colores fluorescentes. Así va a llamar la atención del público y va a ser frecuentado”.

Mira fijamente a su entrevistadora.
—La idea es que todo brille en el parque; vamos a tener un árbol de luz y una fuente con agua tónica. Si todo está iluminado, van a ser más difíciles los robos y el consumo de drogas.
—¿Y vos sos la vocera oficial del proyecto?
Se carcajea y asiente.
—Cada uno es una ficha fundamental en el rompecabezas; estamos muy apachurraos, hoy terminamos.
—¿Cómo te llamás?
—Jessica Marín Torres.

Jessica investigadora

A comienzos del 2014, Jessica estudiaba en el Alfredo Cock en Castilla. El día que su profesor entregó los retos de Ingeniería N, Jessica no fue a clase; la vida se le había empezado a complicar. No importó, al día siguiente, pidió el suyo. ¿Qué es ingeniería? “Imaginar, crear, construir cosas nuevas”, respondió. ¿Qué problema te gustaría resolver? Pensó en muchos: en las calles rotas, en las fronteras invisibles, en los conflictos que veía cada fin de semana en el barrio. “Al final escribí acerca de la cimentación. En Japón las casas se construyen sobre una estructura que las hace balancear cuando hay terremotos; la casa se mueve, pero no se cae”. Leyó y hasta escribió acerca del famoso caso del edificio Space.

Un par de días después recibió un correo en el que le notificaban que hacía parte del grupo 9, calendario B. Al primer taller teníamos que llevar algo que nos representara innovación. Yo llevé un ladrillito y un dibujo de las islas de Dubái. Son fantásticas: esas islas son sintéticas, fueron construidas por los árabes debajo del mar y tienen un edificio en forma de vela”, cuenta Jessica.

A Jessica le gusta pintar y regalar sus dibujos, no le va muy bien en matemáticas y tiene una pésima memoria. Le gustaría estudiar medicina, pero no sería capaz de vacunar un bebé, por ejemplo. También le apasionan la biología y la historia, y en cualquier caso no quiere ser profesora. Últimamente, después de la visita a los laboratorios de la Universidad Eafit, ha tenido “la loca idea” de ser ingeniera de diseño.

—En estos proyectos uno se da cuenta de que es muy pobre en información, por eso yo quiero saber, conocer, ver más.

En Ingeniería N descubrió un par de capacidades de las que no tenía idea: que podía hablar en público y que podía liderar un proyecto de ingeniería. De todos los talleres, disfrutó especialmente dos: el primero, cuando debían recorrer sus barrios y encontrar una problemática, “éramos como detectives investigando”; el segundo, cuando soldaron los ledes para hacer la maqueta del parque. “Me gusta lo que hacemos. Todos los días es algo nuevo, y se va uno con la curiosidad, con ganas de volver”.

Jessica mamá

Los ojos de Isabella son los mismos que los de su mamá: grandes y oscuros. Jessica es capaz de reconocer el llanto de su hija, de dieciséis meses, a kilómetros de distancia. Sabe cuándo quiere tete, cuándo va a llorar, sabe lo que mira y lo que no.

—Ellos tienen la capacidad de aprender a escribir con las dos manos si uno les enseña desde pequeñitos. Ella ya tiene cuaderno de la guardería, ¿cierto, hija?  

Jessica vive un par de cuadras más arriba del Centro Cultural Moravia, en compañía de su mamá, Nora, y de Isabella. El hombre de la casa es Tomás, un perro pequeñito y mono que le regalaron a Jessica en su cumpleaños número 12.

—Mira cómo quedaste de sexy con ese vestido, hija.

A los 15 años cuando se convirtió en mamá, Jessica asumió la vida como mejor pudo: dejó de estudiar dos años, se fue a vivir con su novio, se dedicó a la niña y al hogar. Convencida de que la vida no terminaba como mamá, reanudó el colegio, octavo grado, pero a mediados del año no pudo más y regresó a vivir con su mamá. Toda la vida se le volvió a revolcar; del Alfredo Cock, pasó a estudiar en la jornada nocturna de la Institución Educativa Francisco Miranda: “Era mejor cambiar de colegio, y como no tenía quién me la cuidara porque ella es muy apegada a mí, llora desde que me voy hasta que llego, me tuve que meter por las noches”.

En esos cambios llegó otra gran encrucijada, ¿cómo seguir en Ingeniería N? “Ella se sentía muy agobiada, con mucho peso. Quería ir a los talleres, pero no podía, quería ir al colegio, a la universidad, pero sentía que no podía pensar en esas cosas”, comenta Jimena Córdoba, tallerista.

Después de varias conversaciones, con el compromiso y la compañía de su mamá Jessica siguió con los talleres, solo que ya no iba hasta el colegio en Castilla, donde los recogía el bus que los llevaba hasta Eafit, sino que llegaba en metro: “Yo aquí tengo que aprovechar al máximo el tiempo, porque podría estar con la niña o haciendo las tareas de la noche”, dice. Doña Nora agrega: “Hay que aprovechar lo que esté al alcance, desde niña ha tenido talento para muchas cosas, se me atrasó mucho con la bebé, pero nunca es tarde para volver”.

Justo en uno de esos talleres a los que no pudo asistir, sus compañeros la eligieron como la compañera que más admiraban: “Cuando sea grande quiero ser como ella, que es capaz de hacer malabares, de manejar muchas cosas al tiempo: la adolescencia, la maternidad y seguir dispuesta a aprender, a ver lo bello del mundo”, cuenta Sara López, su tallerista.

El último día de Ingeniería N, en un cuarto oscuro, al finalizar la exposición de Natuled, el parque de colores fluorescentes que hizo con su grupo, Jessica repetía: “Algún día lo haremos”.

Lo que sea que estudie Jessica, será una decisión milimétricamente bien calculada.


martes, 2 de septiembre de 2014

Detrás de atrás, mi boletín (yo en el Festival de Cine Colombiano de Medellín)

Me gustó particularmente este Festival de Cine Colombiano de Medellín, a pesar de todo, a pesar de cualquier cosa. De hecho, nunca he estado en alguna charla aburrida de ese Festival: he estado en unas donde el invitado es inmamable y otras en las que el público deja ir al invitado sin preguntarle el gran secreto de la vida, pero nunca ni por nada de esto han sido aburridas. Es más, casi siempre, es lo que más me gusta de este Festival, sus invitados son gente que se la jugó por donde no debía. Fracasados exitosos, mujeres no feministas, creadores sin musas y así (hablo sobre todo de la parte académica porque mi maravillosa vida casi nunca me da tiempo de ver las películas). Lo cierto es que tanto me gustó este Festival que intenté trabajar, y me encontré: con el teso de tesos de Juan Carlos Melo, el director de Jardín de amapolas; lo hubieran visto contar esas anécdotas del rodaje en Ipiales, cuando la gente no entendía por qué de un día para otro había una estación de policía nueva, cuando los contrabandistas dejaban de pasar a Ecuador por lo mismo, cuando pidió permiso para sembrar un cultivo de amapolas, cuando pintaron una iglesia. Con la hermosa Claudia Llosa y esos ojos, con la pinta de Samuel Larson y su paciencia y tiempo para responder una a una cualquier cantidad de preguntas sobre el sonido en un minuto. Con el homenaje a Dunav Kuzmanich y Javier Mejía, y en fin: con lo más genial de todos, Edson Velandia y Rubén Mendoza. No sé muy bien cuántas vidas llevan este par, pero está claro que son muchas. Muchísimas. Eso debe explicar esa fascinación por los mundos que exploran –tan difíciles pero tan ricos–, esa sensibilidad y la relación con los otros. 
Ah, sí que el arte es y debe ser colectivo. De ningún otro modo será tan rico.




Y una rasqa de Velandia, uno de esos cortometrajes que merecerían cualquier premio y no precisamente -aunque también- el de la cebolla de oro en Santander. Perdóname por ser tan cuchillero, por no consentirte primeramente, por ser tan animal. Por atragantarte la inspiración, por derretirte el corazón con mis ácidos corrosivos, con mi apetito corriente, por comerte mal.



→ 2. Miércoles: DUNI ENTRE AMIGOS

Era muy alto, estaba y no estaba, infundía cariño pero también respeto y distancia, Diego Rojas.


Fotografía Festicineantioquia.com


Al maestro chileno Dunav Kuzmanich le hubiera gustado estar en su homenaje: en compañía de sus amigos, de los que alguna vez fueron estudiantes, de los críticos y admiradores de su obra; todos aquellos que aprendieron a su lado que una ética hace una estética, y no al revés, los mismos con los que desglosaba guiones en papel bond y que lo acompañaron hasta sus últimos días. Por encima de todo le hubiera gustado estar entre los nuevos admiradores de su figura, esos que nacieron esta semana cuando sus películas rodaron por la ciudad.
Los amigos que comandaron el Acto Central Homenaje a Duni, el miércoles en el Centro Colombo Americano, fueron el crítico Oswaldo Osorio, el investigador Diego Rojas y los directores de cine Víctor Gaviria y Javier Mejía. Conmovidos y emocionados, compartieron algunas de las mejores anécdotas y características del hombre que hizo la gran película política colombiana, Canaguaro, y que no tomaba Coca-Cola por el antimperialismo. El mismo que murió en Santa Fe de Antioquia, que cuando hacía un rodaje ya estaba pensando en el siguiente y que, a pesar de detestar el universo de la televisión, participó en la realización de la serie nacional de todos los tiempos, Don Chinche.
A Duni le hubiera gustado estar ahí, en ese justo momento cuando alguno de sus estudiantes recordó que al conocer su casa le pareció que era el único territorio libre de América. Le hubiera gustado estar ahí no por la exposición, sino porque lo que le gustaba al director chileno, más que el cine, era enseñar.






→ 3. Jueves: JUAN CARLOS MELO Y SU JARDÍN DE AMAPOLAS



“En mi casa, cuando hay un daño, siempre llaman a mi hermano para que lo arregle. Es como MacGyver. «Este sí es hábil», dice mi mami, «no cómo este otro que solo hace películas»”, así responde el director Juan Carlos Melo cuando le preguntan para qué y por qué escogió el cine.
Muchas anécdotas sucedieron en Ipiales, al sur del país, mientras Juan Carlos realizaba su ópera prima, Jardín de amapolas. Muchas de ellas las compartió el director en la mañana del jueves en el ITM para demostrar que el Cine es Posible. “Cuando fui a pedir un permiso a antinarcóticos para sembrar el cultivo de amapolas, obviamente me dijeron que no, que era como si pidiera un permiso para robar. Después de explicarles que era un espacio pequeño, para una película, tres o cuatro plantas, nos colaboraron con el proceso, porque aunque la planta es silvestre le da plaga. Las amapolas florecen solo una semana, y se demoran cuatro meses en llegar ahí. Pero todo valió la pena”, comentó el director.
Jardín de amapolas es la historia de un padre y un hijo desplazados, el niño conoce a una chica e inmediatamente se crea un vínculo de amistad entre ellos y un perro. “Muy inocente la historia, parece, pero enmarcada en el conflicto que hemos vivido. Como artista uno tiene que tocar un tema de estos en alguna oportunidad, es ponerle la cara al país. Es como votar”.
Aunque la película no se ha estrenado en las salas comerciales del país, ha cosechado cualquier cantidad de premios en el mundo: en Cartagena la gente se levantó a aplaudir, ganó el premio del Fondo de Desarrollo Cinematográfico por el guion, alcanzó reconocimientos en Suiza, Nueva York y Buenos Aires.
Por lo menos el tema de la exhibición comercial ya está muy adelantado: “Vernos reflejados en una pantalla nos hace bien y que nosotros contemos las historiases algo muy positivo. El cine es como un vicio, de los buenos”.



4. Miércoles: UN TEATRO DE MEZCLA PARA CINE EN MEDELLÍN

Daniel es el detallista, el diseñador de sonido, el baterista; Gabriel es el práctico, el productor. Ambos, paisas, se encontraron hace dos años estudiando en el exterior y ambos volvieron para fundar un proyecto de producción y postproducción de audio en la ciudad. Así nació Clap Studios: clap por el sonido de claqueta y clap como palmada para verificar el sonido en un lugar.
En la mañana del miércoles, durante el Seminario Nacional de Sonido para Cine en la Universidad Eafit, Daniel Vásquez y Gabriel Pérez, fundadores de Clap Studios, compartieron la transformación del sonido desde una idea hasta su exhibición: “El sonido es muy barato para todo lo que se puede contar. Barato no solo por el dinero, sino por el abuso de primeros planos que nos puede ahorrar”, dijo durante la charla Daniel.
En este camino hay un sueño que ya es realidad para Clap Studios: el primer teatro de mezcla para cine en la ciudad, que estará listo a finales del año. Como el tema central de este 12° Festival de Cine Colombiano de Medellín es el sonido, aprovechamos para conversar con Daniel y Gabriel sobre sus proyectos.


Daniel, ¿cómo fue ese encuentro con el sonido? ¿por qué?
Uno hace mucha bulla, pero no la siente. Empecé tocando la batería, grababa cosas en la casa, mal grabadas, y hacía el sonido en los conciertos. Mi sueño era grabar bandas, producir, ser ingeniero de grabación, y en esas cosas de la 
vida mientras más aprendía me metía en este otro lado: el diseño. Ya casi ni toco batería ni voy a conciertos, ahora me dedico a la postproducción de sonidos, a diseñar, mezclar.

Gabriel, ¿qué hace un productor en un proyecto como este?
Trabajé en Estados Unidos un tiempo, realizando guiones, después me fui a hacer una maestría en Barcelona, en producción, y estando allá me encontré con Daniel. Nos habíamos ido con la ilusión de regresar a montar algo acá. Mi idea era montar una productora, pero quería tener una línea alterna que se pudiera mover más, que aportara algo a la ciudad. Llevamos dos años y medio trabajando, construyendo, diseñando. Desde el comienzo contemplamos la etapa de construir un teatro de mezcla para cine, pero empezamos a funcionar con lo que teníamos y a vender una idea, un concepto.

¿Cuál era esa idea?
Gabriel: Que sí se podían hacer proyectos profesionales. Empezamos a tener proyectos de gran escala, pero no podíamos finalizar en Medellín, todo nuestro trabajo se tenía que ir o a Bogotá o a Inglaterra; una lástima, porque uno lo que quiere es que todo lo que construyó sea lo que se lleve a la sala.

¿Qué ha sido lo más difícil con el proyecto y con la construcción del teatro?
Gabriel: Muy pocos saben de sonido en la ciudad. Uno lo ve con los apartamentos de Medellín, por ejemplo, todo se escucha o los salones de clase que se construyen de clase al lado de autopistas. No se trata de vender tenemos que enseñar, educar. Hay que exigir, tratamos de ser muy exigente con lo que hacemos y vemos.

¿Qué le ha aprendido Daniel a Gabriel?
Daniel: La practicidad, su forma de ver lo global, porque uno como diseñador de sonido se puede quedar horas oyendo los mismos tres segundos.

¿Y Gabriel a Daniel?
Gabriel: La sensibilidad. Que no es vender sino enseñar, porque la gente de la ciudad no conoce sobre el tema: no estamos vendiendo servicios sino enseñando y capacitando para que entiendan la importancia de un sonido profesional en sus producciones.

¿Cuál es el gran sueño de ustedes, de Clap Studios?
Queremos ser un referente en la región, queremos hacer un producto que nos dé orgullo y que nuestro trabajo se respete. El cine sigue siendo una experiencia, un evento. Hay que generar conciencia en el espectador, que exija un buen sonido en las salas de cine.




→ 5. Viernes: SAMUEL LARSON, MAESTRAZO

                                                 Foto del Festival, de Felipe, el rolo, creo.


Cuando sea grande, Samuel, dice, quiere dedicarse a la composición. Entre tanto, se devuelve a su país para empezar a trabajar en la música de una nueva película y una serie de televisión. “Mis consejos siempre son: el sonido de una película es parte de un trabajo en equipo y hay que pensar en el sonido”.