Fui niña hace unos quince años, dicen que las grandes pasiones de la vida
nacen en la infancia. Por aquella época solo rendía culto a un dios, mi padre.
Siempre he pensado que nunca se vuelve a querer tan sinceramente como a los
cinco años. El caso fue que a esa edad solo vivía para dos cosas: amar a mi
padre y escuchar partidos de fútbol del Deportivo Independiente Medellín a su
lado. La mayoría de veces el equipo perdía y mi padre se ponía de mal genio el
resto de la tarde, por lo que poquito a poquito debí aprender el valor del
silencio. Las pocas veces que ganaba valían por todas las demás: había helado y
sonrisas y significaron mi primer reconocimiento de la felicidad. Es decir, las
primeras lecciones de la vida me las dio el fútbol: la vida consta de momentos,
el amor y la felicidad son solo eso. Fui adolescente hace unos seis años. La
adolescencia es el tiempo para desdeñar lo poco que hemos logrado ser, pero
también para lograr independencia de amores. En esa etapa descubrí que lo que
más me gustaba del fútbol no era el juego como tal, sino la posibilidad –las
miles de posibilidades– de contarlo. Más allá de verlo, quería hablar de él y
eso me llevó a estudiar Comunicación Social-Periodismo en la Seccional de
Oriente de la Universidad de Antioquia. Ahora tengo 21 años, veo muy pocos
partidos de fútbol aunque siempre tengo el corazón al límite por el Dim.
Estudio el último semestre de una carrera esquizofrénica en la que un día te
enseñan a ser comunicador y al otro periodista. Veo menos partidos no porque
odie las masas o algo de ese estilo, sino porque leo más y descubrí la pasión
por la escritura. Me llamo Eliana María Castro Gaviria -sí, con ese María que
se agrega siempre que no hay más- pero estuve a punto de llamarme Ponciano
Castro de ser hombre. Así como el gran jugador del Dim. Una buena razón para
decir que me gusta ser mujer. Soy tímida, por lo tanto obsesiva: me gusta la
gente, no la humanidad. Y no es más.
jueves, 22 de noviembre de 2012
domingo, 18 de noviembre de 2012
Pesares de domingo
Enfermé de amor.
Siempre
que leo a Fernando Molano enfermo de amor. Desde la primera vez con Un
beso de Dick, luego con Vista desde una acera –su
segunda novela, inédita hasta hace muy poco, que leí virtualmente en tres
noches y que casi me puso a llorar aquel día que la vi en la Fiesta del libro
porque no tenía dinero para comprarla– y ahora con su poemario Todas
mis cosas en tus bolsillos. Enfermé de palabras nunca dichas. Es que
son hermosos estos poemas, íntimos, musicales: enmarcados como toda la obra del
autor –pequeña pero fresca– en el amor y la muerte. En el amor a pesar de la
muerte.
También estoy enferma porque es domingo, y me pongo más debilucha.
Sea lo que sea, pues voy a aprovechar mi enfermedad para poner algunos de
los casi poemas de amor –de su amor– que más me gustaron por aquí. Leerlo
remueve en mí todas mis ganas de amar, y eso es justo y es necesario de cuando
en vez.
También me dan ganas de morir, inmediatamente después de amar por primera
vez. Un asunto muy neurótico, propio de mi carácter.
Ay, entiendan: es la fiebre.
Estoy enferma de amor. De falta.
*PILLADOS
Qué suerte
en casa han descubierto
los papelitos de amor con que sueles tejer
solo para mí
tu telaraña
A estas alturas ya papá se habrá enterado
y no tardarán en venir tras nosotros
como perros enceguecidos
algunas abominaciones
corramos pues
a doblar la esquina
Antes de que nos alcancen
toma:
son estas mis canicas favoritas
mi trompo
mi bodoquera
y mi colección de piedritas
este es mi Álbum de Historia Natural “Jet”
y aquí metidos
mis poetas que más quiero
mi tarjeta de identidad
y la foto de mi bautizo
toma todas mis cosas
mi viejo placer de niño
y mis pasiones bobas
este algo que ahora soy y este mi nombre
–toma sobre todo mi corazón
Y guárdalas bien en tus bolsillos
Porque aún soy vulnerable y tratarán de aniquilarlas:
no dejes que te las quiten
*
“Tanto decir que sería
de todos modos
una dicha recordarte
para descubrir
puesta la mejilla en la almohada
cada noche
que es tan precaria la memoria
tan frágil
tan inútil
incapaz la pobre
de esbozar siquiera
los contornos de tu vacío
Todo lo que amo
es una inicua nostalgia
vedada de caricias”.
*
CAE LLUVIA TRAS MI VENTANA
“Ya sé
que Simone de Beauvoir decía de su Sartre: Su muerte nos separa, pero
mi muerte no nos une… Bueno, me digo, acaso la mía me permitiera, al
menos, dejar de estar sin ti.
Porque sospecho, querido Diego, que tu ausencia y mi memoria no se
conciliarán, perdidas –aunque después de todo, ¿para qué?–, aun en la muerte
que me aguarda. Y solo gravitarán bajo mis sábanas en el cuenco vacío de mi
cuerpo, que no calzará más tu cuerpo, mientras te extraño a solas varado entre
mis ruinas.
–No es bonito”.
*
BUENOS DESEOS
“Y ganaré de paso
todo el dinero del mundo
al menos el suficiente
para llevar a mamá al médico
y comprarle al fin
una casa a la tuya
Por su puesto
solo yo viviré el momento
en que al llegar al bar
no estés esperándome en la barra
para ofrendarte mis triunfos
Qué lamentables lucirán entonces mis laureles
junto a las flores de tu tumba”.
*
“Me ha traído chocolates como a un niño.
Como a una niña me ha obsequiado flores.
A mi ventana ha cantado canciones amorosas
–con guitarra y todo.
Me ha dibujado un sol en un papel.
Y en el cine me ha dicho que me ama.
Todo ello significa: ten cuidado”.
*
CON ESTOS DESEOS DE VERTE
“Ese bus que va para tu barrio
las monedas que no tengo en mi bolsillo
por consiguiente
las calles que hoy no caminaremos
los besos que hoy no te daré entretanto
–la vida en sí
En cada miseria”.
martes, 30 de octubre de 2012
Una película, la muerte y un amigo
Han sido días de reincidir en cuanto vicio me ha sido
posible: volví a estar triste, a necesitar cariño, a no responder mensajes, a
maldecir la vida. A maldecirme como era costumbre. En medio de la estrepitosa
caída de mi ánimo, también han sucedido un par de bellos descubrimientos. Nada
despreciables.
Fui a
ver Sofía y el terco, la película de Andrés Burgos. Su ópera
prima, aunque ya tuviera un corto por ahí rodando. No voy a caer en el lugar
común de decir que es una historia diferente. Es lo de menos: cada historia es
diferente. Lo hermoso, lo que me caló en el alma, fue la construcción de esa
primera obra: los detalles, la música, el silencio. La sencillez y el tiempo
que cada escena se toma. Todo lo que un autor lleva adentro y quiere entregar
en su primera película. El encanto de las montañas y el mar: dos escenarios de
una belleza entrañable. La vida: la vida con sus efímeros momentos de éxtasis,
por los cuales tiene sentido, por los que hay que saber en qué momento
apostarlo todo. Así después vuelva la rutina.
Después del encanto, vino el recuerdo. En uno de los
blogs que visito con frecuencia, la muchachita que es un par de años mayor que
yo publicó esta semana el recuento de las veces que intentó quitarse la vida.
Vaya, hay gente que pasa del dicho al hecho. Yo nunca he podido, en ninguna
circunstancia. Suelo tomarme dos y hasta tres dólex juntos para calmar dolores,
nunca con la conciencia de que una sobredosis pueda librarme de la condena como
lo hizo ella. De niña vivía en una finca con lago: un lago pequeñito y sucio,
pero que a mí siempre me pareció hermoso. Muchas veces le rogué a las aguas que
tuvieran un poder encantador y me arrastraran, que estaba visto que yo nunca
iba a poder con la vida, pero menos con la muerte. Que lo hicieran más fácil
todo y me llevaran a un lugar sin retorno. Nunca sucedió. Otras veces me
quedaba mirando el techo de mi casa o pensando en los miles de venenos que mi
papá utilizaba con el jardín: nada, el dolor, el dolor, pensaba en el dolor y
me calmaba, siempre he aborrecido el dolor. No considero justo morir con dolor.
Así que nada: la muerta me es esquiva. Pero hay gente que pasa del dicho al
hecho: vaya, esa gente vale.
Quizás lo mejor que he
podido conseguir en estos últimos meses es un amigo escritor. Porque cuando la
vida me lo arrebata por circunstancias burdas como el trabajo, yo puedo
encontrarlo en alguno de sus libros. Tenerlo cerca con el calor de su tono. Así
que hay un remedio para cuando se extraña. Pero, igual, extrañas.
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