jueves, 22 de noviembre de 2012

Algo de la Fermina



Fui niña hace unos quince años, dicen que las grandes pasiones de la vida nacen en la infancia. Por aquella época solo rendía culto a un dios, mi padre. Siempre he pensado que nunca se vuelve a querer tan sinceramente como a los cinco años. El caso fue que a esa edad solo vivía para dos cosas: amar a mi padre y escuchar partidos de fútbol del Deportivo Independiente Medellín a su lado. La mayoría de veces el equipo perdía y mi padre se ponía de mal genio el resto de la tarde, por lo que poquito a poquito debí aprender el valor del silencio. Las pocas veces que ganaba valían por todas las demás: había helado y sonrisas y significaron mi primer reconocimiento de la felicidad. Es decir, las primeras lecciones de la vida me las dio el fútbol: la vida consta de momentos, el amor y la felicidad son solo eso. Fui adolescente hace unos seis años. La adolescencia es el tiempo para desdeñar lo poco que hemos logrado ser, pero también para lograr independencia de amores. En esa etapa descubrí que lo que más me gustaba del fútbol no era el juego como tal, sino la posibilidad –las miles de posibilidades– de contarlo. Más allá de verlo, quería hablar de él y eso me llevó a estudiar Comunicación Social-Periodismo en la Seccional de Oriente de la Universidad de Antioquia. Ahora tengo 21 años, veo muy pocos partidos de fútbol aunque siempre tengo el corazón al límite por el Dim. Estudio el último semestre de una carrera esquizofrénica en la que un día te enseñan a ser comunicador y al otro periodista. Veo menos partidos no porque odie las masas o algo de ese estilo, sino porque leo más y descubrí la pasión por la escritura. Me llamo Eliana María Castro Gaviria -sí, con ese María que se agrega siempre que no hay más- pero estuve a punto de llamarme Ponciano Castro de ser hombre. Así como el gran jugador del Dim. Una buena razón para decir que me gusta ser mujer. Soy tímida, por lo tanto obsesiva: me gusta la gente, no la humanidad. Y no es más.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Pesares de domingo



Enfermé de amor.

Siempre que leo a Fernando Molano enfermo de amor. Desde la primera vez con Un beso de Dick, luego con Vista desde una acera –su segunda novela, inédita hasta hace muy poco, que leí virtualmente en tres noches y que casi me puso a llorar aquel día que la vi en la Fiesta del libro porque no tenía dinero para comprarla– y ahora con su poemario Todas mis cosas en tus bolsillos. Enfermé de palabras nunca dichas. Es que son hermosos estos poemas, íntimos, musicales: enmarcados como toda la obra del autor –pequeña pero fresca– en el amor y la muerte. En el amor a pesar de la muerte.
También estoy enferma porque es domingo, y me pongo más debilucha.
Sea lo que sea, pues voy a aprovechar mi enfermedad para poner algunos de los casi poemas de amor –de su amor– que más me gustaron por aquí. Leerlo remueve en mí todas mis ganas de amar, y eso es justo y es necesario de cuando en vez.
También me dan ganas de morir, inmediatamente después de amar por primera vez. Un asunto muy neurótico, propio de mi carácter.
Ay, entiendan: es la fiebre.
Estoy enferma de amor. De falta.

*PILLADOS
Qué suerte
en casa han descubierto
                los papelitos de amor con que sueles tejer
                                                               solo para mí
                tu telaraña
A estas alturas ya papá se habrá enterado
y no tardarán en venir tras nosotros
                como perros enceguecidos
                algunas abominaciones
corramos pues
                a doblar la esquina
Antes de que nos alcancen
                               toma:
                               son estas mis canicas favoritas
                                               mi trompo
                                               mi bodoquera  
                                               y mi colección de piedritas
                este es mi Álbum de Historia Natural “Jet”
                               y aquí metidos
                               mis poetas que más quiero
                               mi tarjeta de identidad
                               y la foto de mi bautizo
                toma todas mis cosas
                               mi viejo placer de niño
                                               y mis pasiones bobas
                               este algo que ahora soy y este mi nombre
                                               –toma sobre todo mi corazón
                Y guárdalas bien en tus bolsillos
Porque aún soy vulnerable y tratarán de aniquilarlas:
                               no dejes que te las quiten
*
“Tanto decir que sería
                               de todos modos
una dicha recordarte
para descubrir
puesta la mejilla en la almohada
                                               cada noche
que es tan precaria la memoria
                                               tan frágil
                                               tan inútil
incapaz la pobre
de esbozar siquiera
los contornos de tu vacío
Todo lo que amo
es una inicua nostalgia
vedada de caricias”.
*
CAE LLUVIA TRAS MI VENTANA
“Ya sé que Simone de Beauvoir decía de su Sartre: Su muerte nos separa, pero mi muerte no nos une… Bueno, me digo, acaso la mía me permitiera, al menos, dejar de estar sin ti.
Porque sospecho, querido Diego, que tu ausencia y mi memoria no se conciliarán, perdidas –aunque después de todo, ¿para qué?–, aun en la muerte que me aguarda. Y solo gravitarán bajo mis sábanas en el cuenco vacío de mi cuerpo, que no calzará más tu cuerpo, mientras te extraño a solas varado entre mis ruinas.
–No es bonito”.
*
BUENOS DESEOS
“Y ganaré de paso
todo el dinero del mundo
al menos el suficiente
para llevar a mamá al médico
y comprarle al fin
una casa a la tuya
Por su puesto
solo yo viviré el momento
en que al llegar al bar
no estés esperándome en la barra
para ofrendarte mis triunfos
Qué lamentables lucirán entonces mis laureles
junto a las flores de tu tumba”.
*
“Me ha traído chocolates como a un niño.
Como a una niña me ha obsequiado flores.
A mi ventana ha cantado canciones amorosas
                                               –con guitarra y todo.
Me ha dibujado un sol en un papel.
Y en el cine me ha dicho que me ama.
Todo ello significa: ten cuidado”.
*
CON ESTOS DESEOS DE VERTE
“Ese bus que va para tu barrio
las monedas que no tengo en mi bolsillo
                                                     por consiguiente
las calles que hoy no caminaremos
los besos que hoy no te daré entretanto
–la vida en sí
                En cada miseria”.

martes, 30 de octubre de 2012

Una película, la muerte y un amigo



Han sido días de reincidir en cuanto vicio me ha sido posible: volví a estar triste, a necesitar cariño, a no responder mensajes, a maldecir la vida. A maldecirme como era costumbre. En medio de la estrepitosa caída de mi ánimo, también han sucedido un par de bellos descubrimientos. Nada despreciables.
Fui a ver Sofía y el terco, la película de Andrés Burgos. Su ópera prima, aunque ya tuviera un corto por ahí rodando. No voy a caer en el lugar común de decir que es una historia diferente. Es lo de menos: cada historia es diferente. Lo hermoso, lo que me caló en el alma, fue la construcción de esa primera obra: los detalles, la música, el silencio. La sencillez y el tiempo que cada escena se toma. Todo lo que un autor lleva adentro y quiere entregar en su primera película. El encanto de las montañas y el mar: dos escenarios de una belleza entrañable. La vida: la vida con sus efímeros momentos de éxtasis, por los cuales tiene sentido, por los que hay que saber en qué momento apostarlo todo. Así después vuelva la rutina.
Después del encanto, vino el recuerdo. En uno de los blogs que visito con frecuencia, la muchachita que es un par de años mayor que yo publicó esta semana el recuento de las veces que intentó quitarse la vida. Vaya, hay gente que pasa del dicho al hecho. Yo nunca he podido, en ninguna circunstancia. Suelo tomarme dos y hasta tres dólex juntos para calmar dolores, nunca con la conciencia de que una sobredosis pueda librarme de la condena como lo hizo ella. De niña vivía en una finca con lago: un lago pequeñito y sucio, pero que a mí siempre me pareció hermoso. Muchas veces le rogué a las aguas que tuvieran un poder encantador y me arrastraran, que estaba visto que yo nunca iba a poder con la vida, pero menos con la muerte. Que lo hicieran más fácil todo y me llevaran a un lugar sin retorno. Nunca sucedió. Otras veces me quedaba mirando el techo de mi casa o pensando en los miles de venenos que mi papá utilizaba con el jardín: nada, el dolor, el dolor, pensaba en el dolor y me calmaba, siempre he aborrecido el dolor. No considero justo morir con dolor. Así que nada: la muerta me es esquiva. Pero hay gente que pasa del dicho al hecho: vaya, esa gente vale.
Quizás lo mejor que he podido conseguir en estos últimos meses es un amigo escritor. Porque cuando la vida me lo arrebata por circunstancias burdas como el trabajo, yo puedo encontrarlo en alguno de sus libros. Tenerlo cerca con el calor de su tono. Así que hay un remedio para cuando se extraña. Pero, igual, extrañas.