viernes, 22 de marzo de 2013

Así le paga el diablo…


–Con ustedes, señoras y señores, la borracha de la fiesta. Muy bien, muy bien, señorita, memorable: ¿le faltó hacer alguna cosita más?
–Claro, recordar al otro día qué hice.
–¿A qué cuentos tanto espectáculo? ¿tanto alcohol?
–No iba a soportar tan patética situación, no al menos en sano juicio: ¿a quién putas le gusta ver a una buena mujer sufriendo? Además, no fui yo, es mi maldito vicio de siempre de quedar muy bien. Lo mejor posible, con todos. Y, bueno, esta vez era imposible.
–¿Por qué?
–Porque quien está en el medio es el que más sufre. Como se cree sin compromiso, todos lo ven –mejor dicho, el mismo se ve– con la obligación de ser el centro de atención y neutralizar las cargas negativas. No sufre quienes están en su extremo, muy convencidos de todo, sino uno que de metido acaba viendo una situación en su completa dimensión y dice: Hay gente piroba, y yo soy una, y hagamos el trabajo.  
–¿Te arrepentís de algo?
–Técnicamente de nada, lo que sale de mí siempre es sincero. Más si hay alcohol, y mucho más si hay más alcohol. La muchachita es muy buena, mordaz, insolente, aparentemente buena gente a pesar de que estaba visitando el bajo mundo de su ciudad. Lo que pasa es que con decirle una sola vez que era muy buena, habría bastado. ¿Para qué decirle que era la mejor bloguera de la ciudad, del país, del mundo y el sistema solar? Sobraba.
–¿Y con la otra?
–Se me sale lo católica, y hagan el favor de mandarme un látigo, ¡ya! Con la otra logré lo que nadie, lo que ni siquiera el patán logró: hacerla sentir nada al lado de una mujer que supuse brillante. Todavía me siento mal. Más cuando fue una mujer que probó finura, que sufrió en silencio cuanto ataque le vino en la noche. Ataques del patán, que eran más o menos inevitables, y ataques míos que eran muy muy evitables. Solo hice algo bien en la noche: decirle que ella sí había hecho bien. Después me la pasé de muy chistosita diciendo las mil virtudes de la otra, virtudes, al fin y al cabo, inútiles. Porque aquí la mujer de verdad era esta.
–¿Supiste que después la bloguerita dijo que la imitabas?
Por supuesto, y por eso le estoy dando la razón con esta entradita, que tampoco es que sea lo más original de ella.
–Pero ¿qué pensás?
Que demás que sí: qué pecao, la bloguerita cree que inventó el drama, y no hay que decirle que no porque se deprime. Niña: su éxito es el humor, yo con eso no cuento. Tampoco tengo mucha vida. Deje de mirar tonterías y escriba. En todo caso merezco lo que dijo por lambona y boba.
–¿Qué viene ahora?
Lo bueno de que a uno le digan que imita, es que da muchas, carajudas, ganas de sentarse a escribir hasta demostrar que no. Que uno puede escribir muy mal, pero no imitar. Menos a una mimadita de esas. 

miércoles, 27 de febrero de 2013

Hace un mes


Nunca antes había extrañado tanto a alguien. Tanto, tanto, que he debido ser bastante machita para no salir a buscarlo un domingo a las doce de la noche. También es que es muy difícil hacerlo porque songo zorongo vivimos a dos horas y a la madrugada no hay forma de salir de este monte. Lo he extrañado tanto porque con él soy una bonita persona. Eso me gusta. Él saca lo mejor de mí. Con sus charlas siempre quedo con ganas de todo. De escribir, de vivir, de olvidar. Sobre todo de eso. Y acabo siendo la más afortunada porque no me cobra sus servicios. Es un asesor espiritual que me sale gratis.

Lo único que lamento es empezar a extrañar. Porque ese es un sentimiento muy egoísta. Porque entonces entiendo que la gente no está para mí siempre. Y si nadie está para mí siempre, qué sentido tiene todo. Muy poco. 

viernes, 1 de febrero de 2013

Un domingo con Andrés

Es domingo, día de perdición. En domingos uno tiene adentro todo el bloque de su melancolía, de su perpendicular agobio y soledad. Pero eso no lo digo yo, lo dicen las cartas que Andrés escribía los domingos en las tardes. Andrés odiaba los días –las horas- perdidos, el único analgésico que aliviaba su dolor de domingo era la escritura: quizás escribir un cuento, un guion, algo que no estuviera ligado a él. 

Hace 35 años, Andrés no está. Andrés se fue: fiel a sí mismo. La única fidelidad posible y necesaria. La última vez que hablé sobre él, un amigo me dijo: “A Andrés Caicedo no se le entiende si no se le leyó como comiéndose un cerebro de mango maduro en una pesadilla. O un mango muy biche, pero baboso y con sal”. Como si por fin acabara de entender el misterio, respondí: “Claro, ahora entiendo: o te lo devorás o mejor no probés. Como diría Solano Patiño un observador que esté en uno de los extremos no ve el centro. Es demasiado oscuro”. Porque quien se acerca a Andrés, debe adentrarse sincera y completamente a esa tristeza y desesperación que hay en toda su obra.

La última vez que lo vi, sí, a Andrés, fue hace un mes y medio en la Biblioteca Luis Ángel Arango: sonriente daba la entrada a la exposición que preparó Luis Ospina sobre su vida y obra. Como ante un tesoro, con la misma emoción y delicadeza, me acerqué a sus cartas, a esa letra suya, tan sutil a veces, tan desesperada otras; a su máquina de escribir, sus poemas, sus guiones de obras de teatro, sus afiches de la época: “Porque no se trata de sufrir me tocó a mí en esta vida, sino de agúzate que te están velando”. Fue una última vez íntima. Andrés no dejó de sonreír en aquella fotografía que el Matacandelas hizo célebre. Andrés estaba tan joven como lo puede estar un muchachito de 25 años y seis meses.

El primer encuentro

La primera vez que supe de Andrés Caicedo, yo tenía 17 años y estaba en el primer semestre de la universidad. En cualquier almuerzo, un compañero de clase contó la historia de un primo suicida, voraz lector del caleño. En la historia, el primo se había hecho profundas heridas en las muñecas con un cuchillo, después de leer Que viva la música. Pero como Andrés en su primer intento de suicido, el tipo no murió ahí. Por lo que utilizó sus últimas fuerzas para lanzarse desde la ventana de su habitación. Un cuarto piso, valga decir.

La temible historia despertó en mí gran curiosidad, cualidad que ni las bibliotecarias ni la biblioteca de mi pueblo pudieron satisfacer porque solo había dos libros del caleño y ninguno estaba disponible. El primero era Angelitos empantanados, que aparecía en préstamo desde hacía un año; el segundo, Destinitos fatales, una recopilación de Sandro Romero y Luis Ospina que nadie encontró en ninguna sección aunque aparecía como disponible. Otros libros de o sobre Caicedo, estaban desperdigados por todos los colegios públicos de Rionegro, pero no en la Biblioteca Municipal.

En medio del desánimo, la historia de búsqueda se quedó quieta por un par de años. Ese mismo día encontré cualquier otro libro, ese seguramente me llevó a otros y yo me olvidé de la historia del suicida. Hasta la tarde de abril que el profesor de Periodismo llevó uno de los mejores cuentos del caleño, “Infección”, para leer en clase. Para ese entonces, yo ya tenía 19 años y como cualquier estudiante de Periodismo estaba maravillada con la forma, con experimentar, con escribir de todo, de lo propio y lo ajeno y Andrés lo hacía perfecto: “Odiar es querer sin amar. Querer es luchar por aquello que se desea y odiar es no poder alcanzar por lo que se lucha”.

Durante las siguientes clases, una especie de amistad se afianzó con el profesor y eso me permitió al fin comenzar a leer cuentos como Patricialinda, Calibanismo, Maternidad y Noche sin fortuna. El último día de clase, y cmo una especie de agradecimiento por el interés en las lecturas, ese mismo profesor me regaló Angelitos empantanados en la edición cara y cruz de Norma. En esa portada que siempre me ha parecido demasiado tierna para la historia –un jovencito con alas y un corazón en sus manos-, aparece una de las frases que más describen a Andrés y que es dicha por el personaje que más me gusta del libro, El Pretendiente: “Terror… tal palabra significa para mí un lugar común”.

Esa misma noche leí los tres relatos que componen el libro: El pretendiente, Angelita y Miguel Ángel y El tiempo de la ciénaga. Lo primero que me sorprendió fue la capacidad para definir tan bien a cada personaje: desde Angelita Rodante y su belleza en los buses hasta Solano Patiño el más hablador y saludador. Pero sobre todo El Pretendiente, algo en ese personaje me caló en el alma: tal vez fue su agonía, su soledad, su desequilibrio luego de una pérdida. Valga decir que luego, cuando vi la obra del Teatro Matacandelas, adoré más al personaje por la inolvidable y excelente interpretación de Diego Sánchez, uno de los actores más reconocidos de la ciudad.

Con la distancia que dan los años, también debo contar que el comienzo de estos Angelitos me sigue alterando todos los sentidos como la primera vez que lo leí. Sobre todo porque permite encontrarse de entrada con un personaje agitado y agobiado por desordenados y dolorosos recuerdos, un hombre que se impone en la tarea de encontrarles una sucesión, una armonía, no para justificar el estado en que comienza a narrar la historia, sino para neutralizar tanta capacidad para herirse. Tanta tristeza hay en ese primer párrafo y tanta desesperación, que urge leer la historia. Una necesidad apremiante por escribir como mecanismo de liberación.

A los 19 años, Andrés escribió esos tres relatos. A la misma edad, yo tuve el libro en mi biblioteca y me impresioné de la forma como alguien había logrado dominar tan bien las palabras a sus escasos 19 años, que son una época de pocas responsabilidades y entusiasmo desbordante: el tiempo de la ciénaga. El mejor de los relatos es precisamente ese, el último: el tiempo en el que Angelita y Miguel Ángel salen del burgués norte de Cali a recorrer el sombrío sur. A encontrar la muerte.

Después de ahí vino todo: cuentos, cartas, Que viva la música –a la cual sobreviví porque se debe pecar por inocencia para pensar que por un libro alguien se quita la vida-, recopilaciones y un poco de amor para las crónicas de Sandro Romero, ferviente admirador de Andrés. Después de ahí vino todo, porque por medio de Andrés uno llega la literatura de Poe y Lovecraft, al cine de Buñuel, Bergman y Polansky, a la salsa de Richie Ray y el rock de los Rolling.

Un par de compinches en la ciudad

Los mejores libros de mi vida, los recuerdo como tal porque me han dejado las mejores amistades de mi vida. Ya sea porque en alguna esquina coincidimos hablando de un mismo libro o porque decidimos emprender con alguien más el descubrimiento de un autor.

Mi amiga Yésica –tan mona como la rubia, rubísima de María del Carmen Huerta- hace parte de mi historia con Caicedo:con ella leí fragmentos de Angelitos empantanados, con ella vi hace un año el ciclo que preparó el cine club de Kinetoskopio sobre el cinéfago y que culminó con el corto adorable de Los amantes de Suzie Bloom (Historia para western). Con ella leí las mejores cartas de Andrés en Mi cuerpo es una celda, la autobiografía preparada por el chileno Fuguet. Al tiempo, ella en su casa y yo en la mía, vimos Unos buenos pocos amigos, el documental de Luis Ospina. Ella leyó El atravesado, mientras yo encontré en una biblioteca de pueblo lejana, la primera edición de Concultura de Que viva la música. Al tiempo nos enamoramos y a ninguna nos ha traicionado.

Con Yésica nos adentramos en la vida de un muchachito que desde los 13 años tenía una carrera contra el tiempo, a quien apodaban Pepito Metralla y que no soltaba su máquina de escribir ni en las mejores fiestas. Un tipito comprometido con el cine y la literatura, amante a las historias de vampiros, que primero quiso ser actor y luego se hizo director, al que solo escribir lo mantenía vivo. Un hombre al que la ausencia lo hacía escribir, enamorado de Patricia súper divina, que intentó dos veces su suicidio hasta que ingirió las sesenta pastillas de Seconal.

El último de nuestros planes es viajar a Cali a finales de año. Ya tenemos 21 años, edad en la que Andrés comenzó a sentirse un anacronismo, así que es justo cumplir con el compromiso de pisar las mismas calles que él maldijo y escuchar la salsa que tanto bien le hizo. Hace un año planeamos el viaje, pero la Rubia partió para Brasil sin tiempo para cumplir con otros viajes. Cada que comentamos nuestras intenciones, nos preguntan si pretendemos cerrar un ciclo o algo parecido. Quien haya leído y quiera como se quiere a Andrés Caicedo, sabe que nunca se cierra ningún ciclo, que la decepción de sus días permanece en uno. Se mezcla con la de uno.

Por ahora, es domingo, noche de perdición. He soportado un domingo más gracias a Andrés y al analgésico que produce leer y releer sus cartas de domingo. Andrés se fue, pero quedó el mito que él siempre procuró: “Mi sufrimiento amainará mientras me dure la fuerza que me haga seguir escribiendo”.

domingo, 13 de enero de 2013

Terror


Otra vez mamá en un ataúd, pero esta vez también papá. Ambos muertos. A y yo huérfanas; eso gritamos y pataleamos ante un montón de desconocidos que están cerca, que parecen familiares pero no lo son. La peor pesadilla de todas, A a mi cargo. Y todos muertos, todos a mi alrededor, menos A. Mis amigas son las que son, pero hay algo más: todas tienen algún tipo de cáncer, solo que en el sueño el cáncer es una especie de gripa. Sin importancia, todo es común. Ni me preocupa, me preocupa A. Cómo hacerme cargo de A. Hay una extraña película. No recuerdo el argumento, pero cada que la vemos –A y yo– alguien muere. Lo mismo pasó con papá y mamá, pero a esa conclusión llego al final del sueño. Ocho horas, incesantes, sin cortes a comerciales: muertos y más muertos, enfermos, orfanatos, desconocidos, y A.

Es una película de terror. Todo el día me lo quedo pensando en lo mismo: ¿Hacerme responsable de A? Imposible, no hay manera. La imagen en el ataúd de mamá, otra vez. A los doce ya la había soñado, la tengo más que presente: un vestidito violeta, blanca, pálida, con florecitas amarillas por todo el lugar. Esta vez no recuerdo tanto, y eso que no han pasado más de 24 horas. A papá nunca lo había visto ahí. Pesadilla del demonio. Es menester de los cobardes morir antes que todos, así es que yo quiero.

Lo cierto es que sueño muy poco. O no recuerdo casi nada, qué sé yo. Estoy por pensar que es por mi bien, porque cuando recuerdo paso días insoportables y noches con miedo. ¿Hacerme yo cargo de A? Por dios, por lo mismo tengo muy claro que no seré mamá: nunca voy a crecer, todo lo que me gusta significa una prolongación nefasta de mi infancia, A es mucho más responsable y sensata. A siempre está pensando en vivir y yo en morir. No hay manera que yo en este mundo pueda responsabilizarme de alguien más, ni de mí. No hay manera, carajo. 

sábado, 12 de enero de 2013

Un comienzo siempre es un final


Llegué hasta aquí.
Puedo hacer dos cosas: seguir como voy, es decir, no seguir. No avanzar.
O, lo que intento, coger carretera.
Coger carretera en el sentido más cercano a mí: escribir.
Lo más seguro es que aquí no pase nada. Como en mi vida. Pero escribo porque confío en que pueda pasar solo una cosa más: el olvido.
Hasta ahora vengo a entender que desde que pasó lo que pasó en mi vida lo único que he debido hacer es escribir. No hablar y hablar y chillar, sino escribir y callar más. Este es el hastío: por eso prefiero callar en muchas otras partes, y aturdirme acá. Encontrar un solo lugar en el que pueda ser yo y pueda decir lo que bien me venga en gana sin esperar ninguna aprobación. Sin tener que escuchar. Revolverme en mi propio dolor –una y otra vez– hasta que pueda salir, no digamos airosa, pero salir.
Técnicamente hace un año no pasó nada. Hoy tampoco.
Pero he logrado que pase todo dentro de mí.  

lunes, 31 de diciembre de 2012

Pudo ser peor: bye, bye, 2012



Supermán es a C.A, lo que usted es a mí.
Iba a decir que qué maldición de año. Iba a recordar la historia de cuando volví del pueblo y ya nunca más me volví a sentir bien en casa con papás. Iba a decir que no tengo trabajo y que necesito plata. Iba a refunfuñar porque no tienen sentido los años en los que uno no se enamora. Este fue uno. Iba a retomar el tema del trabajo de grado que eché a perder y de cómo le debo la vida a mi mejor amigo. Pero me dio pereza. Tengo muy claro todas las equivocaciones de 2012, las personas que estuve a punto de perder y las dos materias que también. Hubo un drama, yo me sumergí y en fin.
Lo cierto es que todo eso es superficial –aunque tengo casi todos esos asuntos por resolver– y si pongo todo en una balanza, pues le gano a mi drama y digo que aprendí a estar bien. Desde enero elescritor me dejó estar ahí, a su lado en noches de chat y de ron. Él sabe que tiene mi corazón, que lo puede usar como bien le venga en gana. Mis amigas siguen aquí, a pesar de ya no tener universidad y dejar de ser un combito escolar. Perdí a una, me duele, pero lo mismo ha hecho que quiera más a las otras que me hacen reír y sorber puchitos de vida en grandes cantidades.Elmuchachito también me dejó estar al laíto de su trabajo de grado y él sí la sacó del estadio. Es tan bueno, pero tan bueno escribiendo, y ha crecido tanto, tanto, que pronto le va a tocar cumplir el pacto que hicimos. Fui a hermosos conciertos, siempre bien acompañada, desde Zoe, Bunbury, Cuarteto de Nos, pasando por las hermosas Carla Morrison y Natalia Lafourcade, hasta –por fin– Parlantes y La Derecha. Además de bonitos toques como el de La Fritanga Sabrosa, Esteban Gira y Alfonso Espriella. Conocí a Fernando Vallejo y a Darío Jaramillo, y los dos no pudieron ser más amables y comprensivos con esta pobre groupie. Hablé dos minutos con Leila Guerriero, firmó mi libro y tengo foto. ¡Diosa! Pude ver la exposición sobre Caicedo en Bogotá y escribí sobre Caicedo, mon amour. Mejoramigo me dejó estar de nuevo a su lado, a pesar de fallarle tanto, y como siempre me regaló palabras e historias justas para quererlo más. Siempre más.
Me faltó más teatro y el ritual de embriagarme con un trío perfecto en una buena noche. En Santa Fe de Antioquia pasé la mejor de las noches este año. Solo comparable con una de marzo en que volví a ser feliz. Conocí a José y me reconocí con Albita. Los primeros tres meses los lloré todos, después me vino la necesidad de ser feliz y de querer a los míos. Así lo hice: no me vencí, a la final perdí, pero me combatí. Aunque haya hecho todo tan mal con el trabajo de grado, me protegí el corazón.
Los dos mejores libros del año, los leí este diciembre. Uno, mi regalo favorito de navidad, El guardián entre el centeno: te cuidaré, y vigilaré siempre, aunque no sepas que estoy ahí, porque mi único talento es saber estar cuando nadie más está. El otro, indiscutible, hermoso, duro: La senda del perdedor. Soñaba desde hace mucho tener un libro de Bioy Casares en mi mesa de noche y ya lo conseguí y le debo a un amigo toda esta felicidad. En 2013 se la pagaré. Comencé las aventuras de Don Quijote de la Mancha y ha estado de lo más sabroso. Al César lo que es del César, debo decir. 
Para 2013 solo pido tres cosas: pita, mucha pita para escribir, trabajo –plata, mejor dicho– y que ustedes, todos los que aquí nombro, me dejen quedar un ratico más a su lado. ¿Les parece?
Feliz nuevo año para todos. Que el 2013 nos robe el aliento. 

jueves, 20 de diciembre de 2012

Cuestionario Sophie Calle



1. ¿Cuando murió por primera vez?
Que recuerde, dos veces he muerto. La primera tenía ocho años y me quedé mirando un mísero lago feo y morí de cobardía. No fui capaz de ahogarme. Ya después, mayorcita, morí de inocencia: él nunca llegó y hacía mucho frío.  

2. ¿Qué es lo que le hace levantarse por las mañanas?
Que es medio día. No me gustan las mañanas. [Necesito empleo]

3. ¿Qué fue de sus sueños de infancia?
No sé si es que tuve una infancia muy bonita o una muy terrible, pero recuerdo muy poco. Y de por sí, no he sido una mujer de muchos sueños –y tampoco los digo porque no se me cumplen–. Como a los diez quise ser bióloga marina y a los doce periodista. Nunca jodí con tener príncipe azul, y he ahí la razón de por qué no tengo ni sapos. 

4. ¿Qué le distingue de los demás?
El drama y las obsesiones. 

5. ¿Le falta algo?
Disciplina, señor. Talento. Ah, y graduarme, y un amor –así sea de verano–. Y plata, sobre todo eso. Mejor dicho, todo. Excepto familia y amigos, porque por eso es que sigo viva. 

6. ¿Piensa que todo el mundo puede ser artista?
No. Ni cualquiera puede ser odontólogo y sacar dientes ni abogado y defender culpables. No cualquiera logra generar emoción poética. 

7. ¿De dónde viene?
De un morro. Se llama Cabeceras. Hace frío y es muy solo. También vengo de un matrimonio que pasó nueve años feliz, hasta que llegué yo a joder todo. Ellos dicen que no, y por eso los quiero. 

8. ¿Cree que su destino es envidiable?
Para nada, y tampoco me gustaría que lo pareciera porque me lo van a querer quitar. Empecemos porque mi mano dice que mínimo voy hasta los 60, eso no es envidiable. 

9. ¿A qué ha renunciado?
A nada. Soy incapaz de renunciar a lo que quiero, me gusta es el sufrimiento. Que me echen. Claro que últimamente sí me he alejado de ciertos vicios y de cierta gente que no hace bien. 

10. ¿Qué hace con su dinero?
Invertirlo en el mejor amigo que esté al lado. Si la Providencia estuvo caritativa conmigo, compro libros y me enfiesto. Y en general, no lo sé administrar. 

11. ¿Qué tarea doméstica le gusta menos?
Iba a decir que cocinar, pero ya cocino un poquito y no ha estado tan mal… Ay, ya sé, tender la cama, no le veo utilidad a eso. 

12. ¿Cuáles son sus placeres favoritos?
A mi pobre mejor amigo le tocó saber cuál es mi placer favorito. Fatal, pero saltándonos eso: el ron y el tequila, las pastas. Parlotear. Ir a conciertos, leer, y descubrir gente bonita por la que valga la pena dar la vida. 

13. ¿Qué le gustaría que le regalaran por su cumpleaños?
Libros y cartas. Cartas sobre todo, me gusta cuando me escriben.

14. ¿Cite tres artistas vivos que deteste?
Detesto al 99% de la humanidad, artistas y no.  

15. ¿Qué defiende?
Mis obsesiones. Y el sagrado derecho a decir que todo es una porquería. Y el vivir y dejar vivir. 

16. ¿Cuál es su parte del cuerpo más frágil?
La lengua, siempre termino hablando de más. 

17. ¿Qué ha sido capaz de hacer por amor?
Nada. Soy muy inconstante. Una vez supe que era lo que tenía que hacer para conseguir cierto amor, y me rendí más bien. Me obsesiono, pero no hago más.

18. ¿Qué le reprochan?
La quejadera. Y que no respondo mensajes, y el pesimismo, y que intoxico. Y la querendonera que a veces me da. 

19. ¿Para qué sirve el Arte?
Para lo único que tiene que servir el arte es para salvarse. Para redimirse de uno mismo. 

20. Redacte su epitafio.
Con esto nunca he podido, pero el último con el que jugué fue: La verdad es que no fue un placer. 

21. ¿En qué le gustaría reencarnarse?
Alguna vez dije que en Florentino, el gato de un amigo. También dije que en Oriana Fallaci o Marguerite Yourcernar. Pero, no, mejor paso. Nada de reencarnaciones, gracias. Nunca me ha gustado la vida.