sábado, 1 de junio de 2013

Escribir (uno)


“Voy a la cocina, luego al comedor; miro la revista y el televisor. Me muevo para aquí, me muevo para allá…”
Pienso en vos; pienso en mí. En por qué las circunstancias que nos rodearon no fueron las del amor. Escribo la primera línea. Primero pongo una coma entre nosotros, después un punto y coma: hasta que por fin entiendo lo que son dos ideas distintas en una oración. La vieja lección de español. Vuelvo a la primera línea, no a esta. A otra. Otro texto, un mal perfil que me valdrá un grado. Abro el libro. Es un cuento. Es Bukowski: “Hasta una vida pequeña se estima mucho cuando está cerca el final de la vida”. Y el cuento sigue. De vidas chiquiticas. Hay sol, lo busco, encuentro qué más leer. Me embebo. Tantas buenas primeras líneas en el mundo que cualquiera mía produce más que terror.

Esto no debería ser lo mismo de siempre. Deberías estar aquí. Más cerca. Para buscar el sol y encontrar la primera línea. Dejo el libro, me revuelvo en el pasto. Cojo el celular, no tiene más que un juego aburrido y largo: perfecto. Trato de superar una y otra vez cualquier máximo puntaje. Sin pensar. Pero pienso en todo. En la primera escena, en un diálogo, en la vida de un hombre. En la mía, por supuesto.

Extraño, del verbo. No más sol, vuelvo al computador. Me encomiendo a Santa Leila. Reviso sus muertos, sus crónicas, sus listas. Le oro. La venero. Bajo por agua. Subo otra vez con sed. Hablo de la noche anterior, maldigo el concierto del siete. Pienso en la poesía, en un infierno de poetas malos. La sobreoferta. Entonces también me digo cobarde. Pero sigo maldiciendo a los poetas malos y a los que se creen, y que plagian, y, por sobre todo, que no son sencillos. Sencillos con el lenguaje, cotidianos y cercanos. Los odio. Encuentro la música, Chavela para la falta de vos. O Velandia o la Julieta.

También bailo. La canción del 92.

Escribo un diálogo mental. Feroz, encantador. Pura ficción. O sea, es mentira. No existe. Me baño, elijo qué ponerme. No saldré, pero soy cuidadosa. Como si fuera. Encuentro la línea. No es hermosa, suele ser sincera.

Continuará…

miércoles, 15 de mayo de 2013

El placer de llamarse Leila Guerriero

Usted no me conoce Leila Guerriero pero sé que mi nombre debe traerle algún recuerdo. Sí, este Eliana, haga el esfuerzo, ese perfil acerca de Yiya Murano, la mujer que asesinó a cuatro amigas con cianuro. ¿Recuerda? Yiya la llamó dos veces Eliana y usted, con paciencia, esa cualidad que hace a grandes, repitió que su nombre era Leila. Leila, no sé si puedo llamarla Leila, ¿me lo permite? Creo que sí, que me lo permite, tampoco sé si debo tratarla de usted, molestarla con un dudoso tú o utilizar ese vos que ciertamente nos une. Voy a manejar el vos, creo que también me lo permite. Estoy nerviosa. Mejor la trato de usted.
Dudé en escribirle. Me han pedido que venda su libro, Frutos extraños, en una clase y yo, atravesada, en llamas, luego de leerla, he decidido escribirle. Y no me voy a andar con rodeos: cuando sea grande quiero ser como usted. Se preguntará que tiene que ver lo uno con lo otro y debe ser la emoción de saber que tendré un vínculo con usted, así sea efímero, lo que me tiene mezclando todo, pero he terminado por decidir que no quiero vender el libro. No me gusta la palabra vender, prefiero recomendar o regalar.
Y digo ese no también porque amo este libro casi que como amo mi vida. Porque se convirtió en mi manual de estilo. No solo me enseñó cuestiones del cómo escribir, del cómo sumergirme en la realidad del otro si no, sobre todo, del por qué amar este oficio, el periodismo, de la magia de la realidad  que es feroz, ambigua, tétrica, hermosa. Me gusta su obsesión por los detalles, por el tiempo, por la soledad. Sí, hoy le doy la razón a usted y a muchos: los viajes son una empresa solitaria.
Escribo para decirle que me gusta esa forma de ser suya, esa mujer arbitraria que un día corre al atardecer y llega a casa con ganas de escribir una columna y recordarles a los nuevos periodistas que están trabajando con vidas humanas, que debemos respetar. Sabe, creo que ya lo intuye, yo estudio Periodismo. Paso por la academia, y la admiro, porque la mujer que no pasó por las aulas, sí que hace academia con este libro y sí que aprendió de la mejor manera que se puede: leyendo a los grandes como Gay Talese o Martín Caparrós.
¿Qué se necesita para escribir? ¿Basta la disciplina, basta el talento? ¿Cómo se alcanza el talento, cómo pelear con la perseverancia? ¿Cómo no ser muchachitos de esos que, diría Homero Alsina su entrevistado, tira y tira palabras sin entender que la prosa no es nuestra si no del lector? Disculpe, no quiero bombarderla con preguntas que a lo mejor tendrán respuesta en su momento, así como ya muchas tuvieron su instante con la lectura de Frutos Extraños, pero usted me inquieta.
Si me pidieran hacer una reseña del libro, diría solo una frase: El periodismo narrativo es un fruto extraño. El periodismo, al tocar la realidad, sus grietas, sus propiedades, se hace un fruto extraño. Y la combinación de las formas narrativas de la literatura, la inmersión y la veracidad del periodismo, sí que lo hacen extraño.
No dejo de sentir que en la página 415 pierdo algo, dos meses intensivos con su presencia, y necesito dejar en la memoria mi vida a su lado.
Leila: tengo algo qué contar
̶ Tené –me entregó el libro y cruzó un pasillo con esa delicadeza que lo hace ser mi mejor amigo.
̶  ¿Me trajiste hasta acá a leer?  -alcancé a gritar indignada sin encontrar respuesta.
En la portada un fragmento de naranja y otro de manzana estaban unidos por cuatro ganchos de diferentes tamaños. En la vida afuera del libro, en ese día de junio de 2010, el sol entraba a la habitación por la puerta y me hacía guiños para que lo tomara. Frutos Extraños, Leila Guerriero, leí. Eran las cuatro de la tarde y yo, en una casa extraña, me senté en la cama a leer y le di la espalda al sol.
Leí. Leí y leí. Atrapada por esa personalidad de sus relatos, ese tono. No recuerdo haber sentido el paso del tiempo, ¿quién podría haberlo sentido si el primer perfil lleva como título: El gigante que quiso ser grande? Sin duda, y aunque usted me castigue este sin duda que ya está dudando, es el mejor de los títulos de la antología: un hombre de dos metros treinta, en una silla de ruedas, deseando no haber pasado del clásico metro ochenta.
̶ ¿Y vos qué, te vas a leer el libro completo? Vení a comer  ̶ escuché, luego de tres horas, la voz de mi amigo. No musité palabra, esa combinación de éxtasis por los primeros perfiles y la indignación propia de una mujer de la que se han olvidado durante cuatro horas, me hicieron callar y leer casi 100 páginas.
̶ Que vengás, que la comida ya está lista –repitió desde la cocina.
Terminé de leer las dos páginas que me faltaban del perfil acerca del equipo Argentino de Antropología Forense, encargado de encontrar desaparecidos durante la dictadura militar de finales de los setenta en Argentina, y no volví a tocar el libro hasta un año más tarde. Aquel día, en la cena, dije por primera vez: cuando grande quiero ser como Leila Guerriero. Mi acompañante irónicamente sonrió y dijo: quizás, quizás.
Leila: es usted difícil de encontrar
Muy bien. -Vos leés a Leila -dijo el profesor sin reparo. -Una mujer que ama esto – o algo así concluyó. Ahora, encontrar el libro no fue fácil. Amigo no lo tenía, entendí que aquella vez me había prestado un libro, que a su vez había saqueado de la biblioteca personal de otro amigo. ¿Bibliotecas públicas? Sólo en una: la de San Cristóbal. Un poco retirada de ese Rionegro en el que vivo. Con los libros nunca es como uno quiere si no como ellos deciden que será.
Bueno, pero no la aburro con estas cuestiones mías. Lo cierto es que todas las adversidades y la clase encima, me llevó a una única solución: comprarlo. Pero el libro no quería ser comprado sino ser regalo y alguien, de esa gente que viene siendo amigo de un amigo, en este caso, amiga de mis padres, que no tenía nada que ver conmigo, luego de buscarlo y rebuscarlo: lo encontró y me lo regaló.  Esa es la razón principal para no venderlo, por lo menos para no vender este ejemplar que veo mientras escribo: que es mío ya, mi pequeño tesoro, lo que quiero ser en mi vida. Un estilo de vida: el periodismo en Leila Guerriero.
Claro, prometo que a mis compañeros les diré lo siguiente: Cuarenta y cinco mil pesos, Librería Nacional. Además les contaré que si alguno quiere apasionarse más con nuestro oficio, entender la importancia del tiempo, de la paciencia, del ritmo, de la necesaria invisibilidad del ser: hay que comprarlo, robarlo, lo que sea, pero leerlo. También buscar en El Malpensante, artículos suyos, crónicas que hay en estos Frutos Extraños, y enamorarse literariamente de usted. Prometo decir eso.
Otra cosa. Si quieren conocer al clon de Freddy Mercury, entender por qué Romina Tejeiro mató a su hijo luego de parirlo, fascinarse con las cuestiones acerca de la industria de la música desde un baterista con Síndrome de Down, conocer al Pedro Henríquez Ureña y las deudas de la vida con un hombre al que Borges le tuvo aprecio, aprender del tipo, Homero Alsina Thevenet, que entendía la crítica de cine como un oficio de actores secundarios porque hay que ser gente indispensable, pero discreta, o leer la historia de un mago de una sola mano: hay que leerlo. No esperen que se los venda, les diré a mis amigos, Leila, pero sí les diré que hay que leerlo para emocionarse con unas excelentes inmersiones. Y es que la palabra vender no me gusta.
Ah, pero lo confieso: La leyenda de Facundo Cabral, es ese perfil mi favorito. Y ese fragmento del final, la mención que hace Cabral de Medellín y el par de viejitos de la mano, tomando el sol: “Qué imbécil, yo creí que sabía que era la felicidad. Y tengo razón, pero si sacan a estos dos de acá”. Me desgarré con cada palabra de Cabral, con esas frases de la vida, de los desencuentros. Ya puedo decir que conocí a Facundo Cabral y gracias a usted, Leila.
Tomó la mejor decisión, dividir el libro primero en una recolección de 16 crónicas y perfiles, y  luego en esas discusiones sobre el periodismo, la ficción, la realidad, las mujeres. Y sus finales, esos sí que impresionan, todos tan buenos como éste: “Pero ahora, en el cementerio, la tarde es un velo celeste apenas roto por la brisa fina”. Suele usted dejarlo uno sin aliento al terminar ya sea un perfil o una discusión, suele encontrar cómo dejarlo a uno, lector fiel, cavilando acerca de la vida y su extraña lógica.
Leila: tengo algo último qué decir                         
Leila es un nombre de origen persa y significa noche. No sé si crea usted en el significado de los nombres, pero cuando supe el suyo tuve la curiosidad de saber su significado y esto encontré: “de pensamiento independiente, con autoridad y lealtad. Más dependiente de la intuición que de la razón. Recibe aumento en tareas que requieren meditación, inspiración, inmersión en las profundidades del ser y de las cosas”. No cabe duda: hay un placer en llamarse Leila. No cabe duda que, como alguna vez me dijo otro de mis ídolos, el nombre de un personaje es el primer soplo que se le infringe a una criatura para permitir que el personaje viva su propia historia.
Sabe qué me gusta: que su biografía en Wikipedia ni pasa de dos líneas, que encontrarla es una bendición y no una obligación, y esa tendencia suya a destruirlo todo, a acabar con supuestos y proponer reglas: no todas las mujeres sufrimos cada mes cólicos insoportables, no hay gloria en el periodismo, no solo se puede llegar a publicar por ser hijo del dueño de una revista, la salud no es un negocio, la crónica no está de moda últimamente,  hay que olvidar y olvidar. Hay que dejarse sorprender.
“No permitan que la miseria del mundo les llene el corazón de ñoñería y de piedad”. Es usted una escritora furiosa, humanamente furiosa, otro detalle de admirar. Me queda dar las gracias, las muchas gracias de costumbre: qué placer estos meses a su lado, esta historia que hace un año empezó, hoy continúa y como las buenas amistades: permanecerá.
Por último, señorita Leila, usted y yo tenemos cosas en común: odiamos a las mujeres histéricas, nos gusta decir no. A veces usted es más furiosa y yo retraída. Usted ama esto, el periodismo, sin límites, yo aún me pregunto en noches de delirio ¿dónde estaba cuando lo elegí? En todo caso, miro su fotografía por enésima vez en la solapa del libro, el cabello ondulado, la mirada altiva, ninguna sonrisa: cuando sea grande quiero ser como usted.

domingo, 12 de mayo de 2013

Cinco minutos con Fernando Vallejo

Un fragmento de Fernando Vallejo fue mío una noche de finales de noviembre. Por una hora. A las siete en punto llegué al Café Vallejo. Por tercera vez. La primera había encontrado a Aníbal –alto, elegante, muy parecido a su hermano, pero más joven–. La segunda había buscado al mismísimo Fernando. La tercera debía encontrarlo. Estaba además segura de que no me recordaría, no recordaría los cinco minutos prometidos, sería preciso volver a empezar y esa era la última noche de 2012 que él pasaría en Medellín. Era ahí o no sería. 

Días antes, tres exactamente, habíamos sostenido un primer diálogo:

– ¿Fernando Vallejo tiene tiempo para una historia larga?
–No –esbozó una sonrisa inocente, de niño–. Imposible. A esta edad no me queda tiempo para historias. Menos si son largas.
– ¿Diez minutos?
–Cinco.

Acepté volver tres días después. Digamos que un lunes. Sin inconvenientes. Fernando viene unas tres veces al año a Medellín y antes de que comience a llegar el público al Café, o sea antes de las cuatro de la tarde, toca el piano. No le gusta hacerlo cuando hay gente: no le gusta demostrar sus destrezas, nunca le gustó ser figura. Ni le gusta ni le importa nada.

Pero esta vez no estaba. Había salido con dos hermanos –Aníbal y Carlos, el alcalde– a caminar por los alrededores, en el barrio Laureles. Antes de que alcanzara a hacer mi siguiente conjetura, o a imaginarme su fuga de la conversación prometida, apareció. Apareció como un fantasma al que nadie más volteó a ver, solo yo. Con sus canas, con alguna sonrisa, con su corta vista buscando a alguien. Apareció, me recordó y recordó los cinco minutos. Alistó una mesa aparte, esperó con paciencia que pasara mis cosas e insistió en la siguiente parte del trato: ni grabadoras ni apuntes. 

Al comienzo de esta investigación había pensado que no sería necesario entrevistarlo. Que sus libros, entrevistas, conferencias, artículos lo decían todo. Por lo menos todo lo que quería decir, lo que siempre quiso decir. Y hasta cierto punto fue verdad. Pero en cierto punto no, porque la entrevista sirvió para saberlo ver. Para lograrlo ver en una mejor versión.

Empezamos a hablar. De muchos temas, de los de siempre. Empezamos en presente. 

Empezamos por su muerte, no muy clara aún, hace veinte años. En la Rambla paralela. Volvimos a la frase del Fuego secreto porque la vida cuando se empieza a poner sobre el papel se hace novela. Su vida, sus personajes, están en sus libros. Están con ese viejo loco. Es su verdad, más o menos: está la esencia, el papel le pone otras ciertas cosas. Le cuento de un artículo en el que no hablan muy bien de ese libro, y él me responde que es quizás uno de los mejores por el ritmo, la sintaxis, el manejo del lenguaje. Estoy de acuerdo: ese libro tiene fuego, tiene la cadencia de la juventud.   

Por esta razón hablamos de los tratados que se han hecho sobre su literatura. Unos cuatro ha leído él. Para Fernando son muy difíciles esos análisis porque no se trata de llenar hojas y hojas con llamados a pie de página, sino de decir lo que una lectura genera en el lector. Se trata de ver una obra, un autor, y saberlos contar. 

Seguimos conversando de la Medellín que encuentra cada vez que viene, la Medellín con nuevos y más edificios, la cultura paisa con su alma de comerciante. En la que no hay respeto por la vida: “Antes al menos estaba la familia, no era la mejor de las instituciones, pero unía. Ya no hay nada”. Hablamos de Colombia, su actuación miserable en los años de sus películas y primeros libros. Ataques fueron y vinieron. Pero siempre contó con el amor de su padre, un hombre honorable, muy culto, que antes de morir fue su primer lector. Fernando le enviaba fragmentos de sus novelas, de a poquito, unas 15 páginas a medida que iba avanzando, y Papi leía y corregía datos históricos si era el caso. Nunca juzgó, siempre permitió.

Su mamá también leía los fragmentos. 

No recuerda el libro en el que afirma que El Río del tiempo debió llamarse la Derrota. Yo sí, le insisto que en Entre fantasmas, pero hace mucho que lo escribió y ya no hay memoria. Dice que lo que sí quiso fue hacer una película con ese título. Le pregunto si todo ha sido una derrota y él responde que no: “Soy un tipo muy solidario conmigo mismo”. 

Me cuenta que volverá a México a escribir otro último libro: “Mañana mismo empiezo”. No me cuenta sobre qué, se niega, dice que es enredado. Lo que sí es que espera escribirlo en un mes y medio como Mi hermano el alcalde. Por los periódicos me entero que hace poco ha dicho algo sobre un posible título: El Desastre. No insisto en saber sobre qué. 

El ritmo de la conversación es algo frenético. En cualquier momento pueden acabarse sus cinco minutos. Le pregunto por qué si no existe el amor, solo los momentos de amor, tantos de sus libros van para un mismo David Antón. Qué significa ese hombre en su vida. Sonríe:  

–David Antón es lo más importante de mi vida. Quise mucho a mi abuelita Raquel, pero David, mi compañero, me ha acompañado los últimos cuarenta años de vida.     

Cada tanto busca a Carlos, el alcalde, su hermano. Me lo presenta con entusiasmo, asimismo: “Él es Carlos, el alcalde”. Lo busca para saber quién lo llevará en la mañana al aeropuerto. En un descuido Carlos se va y no volvemos a saber de él. Porque entonces las circunstancias en el Café cambian el ritmo de la conversación, los temas, y aparece otro Fernando más entusiasta.  

De pronto, mientras hablamos sobre el documental de Luis Ospina, un silencio aterra el bar. No es precisamente la falta de palabras, es alguien que toca el piano. Fernando se apura a saber qué obra es, cree reconocerla y le pide a Nora –su cuñada, esposa de Aníbal–, que lo confirme. Nora habla con Natalia y Fernando acierta: “Balada para piano número 4” de Chopin. No dice nada más, mueve levemente los dedos, y sonríe. Sonríe como uno nunca imaginaría que podría sonreír Fernando Vallejo: sincero, feliz, sorprendido, encantado.

Todo el Café observa, escucha, disfruta. Nada se mueve. Al final de la obra aplaudimos. El primero de esos aplausos viene de Fernando, animado, extrañado por la brillante interpretación. Eso repite una y otra vez. Para Fernando todo Chopin es bueno. No soporta, por ejemplo, a los chinos y sus muecas en el piano. No las concibe cuando tocar el piano debe ser de lo más sencillo y sutil. Por supuesto que algunas muecas sirven para memorizas, esas se permiten, pero el abuso de ellas para llamar la atención no tiene presentación. Entonces se me ocurre que lo mismo sucede con las repeticiones en sus libros, sirven para memorizar, para llevar el ritmo. Nunca para llamar la atención. Porque a él no le interesa nada de eso. Nunca. 

–José Barros, Pachón Galán: esa sí es la música colombiana. No esos pasillos y bambucos fáciles con su tónica, dominante, tónica. En la montaña somos negados y malos para la música, en la costa sí supieron hacer sus porros. “Boquita salada” es la mejor cumbia que dio este país. 

E insiste con la sencillez. Por eso son mejores los sonetos.
E insiste en su amor por los boleros y los porros.

Fernando con la música vio que no era bueno. No como él quería. No podía componer. Mientras estudiaba en Bogotá veía que los profesores no sabían nada y que él no podría ir más allá. Lo que sí ocurrió con la escritura. El cine fue otra historia, un lenguaje menor. 

Hablamos un poco más, el chico del piano que no debe haber dormido aquella noche nos acompaña. Aporta y cuenta su historia, es cucuteño y comenzó a tocar el piano a los 18 años. Eso es bastante extraño, la historia con la música para que vaya bien debe empezar en la niñez. Fernando lo felicita y anima para el recital que está próximo a presentar.

Llega el final de la hora, lo noto cansado, noto que cada vez me escucha menos, y le pregunto qué siente que ha logrado como escritor. Entonces repite:

–No me considero escritor. Por lo menos no únicamente escritor, soy más cosas. Me parece muy poco ser una sola cosa. No me interesa, no me interesa, no me interesa. 

   

viernes, 22 de marzo de 2013

Así le paga el diablo…


–Con ustedes, señoras y señores, la borracha de la fiesta. Muy bien, muy bien, señorita, memorable: ¿le faltó hacer alguna cosita más?
–Claro, recordar al otro día qué hice.
–¿A qué cuentos tanto espectáculo? ¿tanto alcohol?
–No iba a soportar tan patética situación, no al menos en sano juicio: ¿a quién putas le gusta ver a una buena mujer sufriendo? Además, no fui yo, es mi maldito vicio de siempre de quedar muy bien. Lo mejor posible, con todos. Y, bueno, esta vez era imposible.
–¿Por qué?
–Porque quien está en el medio es el que más sufre. Como se cree sin compromiso, todos lo ven –mejor dicho, el mismo se ve– con la obligación de ser el centro de atención y neutralizar las cargas negativas. No sufre quienes están en su extremo, muy convencidos de todo, sino uno que de metido acaba viendo una situación en su completa dimensión y dice: Hay gente piroba, y yo soy una, y hagamos el trabajo.  
–¿Te arrepentís de algo?
–Técnicamente de nada, lo que sale de mí siempre es sincero. Más si hay alcohol, y mucho más si hay más alcohol. La muchachita es muy buena, mordaz, insolente, aparentemente buena gente a pesar de que estaba visitando el bajo mundo de su ciudad. Lo que pasa es que con decirle una sola vez que era muy buena, habría bastado. ¿Para qué decirle que era la mejor bloguera de la ciudad, del país, del mundo y el sistema solar? Sobraba.
–¿Y con la otra?
–Se me sale lo católica, y hagan el favor de mandarme un látigo, ¡ya! Con la otra logré lo que nadie, lo que ni siquiera el patán logró: hacerla sentir nada al lado de una mujer que supuse brillante. Todavía me siento mal. Más cuando fue una mujer que probó finura, que sufrió en silencio cuanto ataque le vino en la noche. Ataques del patán, que eran más o menos inevitables, y ataques míos que eran muy muy evitables. Solo hice algo bien en la noche: decirle que ella sí había hecho bien. Después me la pasé de muy chistosita diciendo las mil virtudes de la otra, virtudes, al fin y al cabo, inútiles. Porque aquí la mujer de verdad era esta.
–¿Supiste que después la bloguerita dijo que la imitabas?
Por supuesto, y por eso le estoy dando la razón con esta entradita, que tampoco es que sea lo más original de ella.
–Pero ¿qué pensás?
Que demás que sí: qué pecao, la bloguerita cree que inventó el drama, y no hay que decirle que no porque se deprime. Niña: su éxito es el humor, yo con eso no cuento. Tampoco tengo mucha vida. Deje de mirar tonterías y escriba. En todo caso merezco lo que dijo por lambona y boba.
–¿Qué viene ahora?
Lo bueno de que a uno le digan que imita, es que da muchas, carajudas, ganas de sentarse a escribir hasta demostrar que no. Que uno puede escribir muy mal, pero no imitar. Menos a una mimadita de esas. 

miércoles, 27 de febrero de 2013

Hace un mes


Nunca antes había extrañado tanto a alguien. Tanto, tanto, que he debido ser bastante machita para no salir a buscarlo un domingo a las doce de la noche. También es que es muy difícil hacerlo porque songo zorongo vivimos a dos horas y a la madrugada no hay forma de salir de este monte. Lo he extrañado tanto porque con él soy una bonita persona. Eso me gusta. Él saca lo mejor de mí. Con sus charlas siempre quedo con ganas de todo. De escribir, de vivir, de olvidar. Sobre todo de eso. Y acabo siendo la más afortunada porque no me cobra sus servicios. Es un asesor espiritual que me sale gratis.

Lo único que lamento es empezar a extrañar. Porque ese es un sentimiento muy egoísta. Porque entonces entiendo que la gente no está para mí siempre. Y si nadie está para mí siempre, qué sentido tiene todo. Muy poco. 

viernes, 1 de febrero de 2013

Un domingo con Andrés

Es domingo, día de perdición. En domingos uno tiene adentro todo el bloque de su melancolía, de su perpendicular agobio y soledad. Pero eso no lo digo yo, lo dicen las cartas que Andrés escribía los domingos en las tardes. Andrés odiaba los días –las horas- perdidos, el único analgésico que aliviaba su dolor de domingo era la escritura: quizás escribir un cuento, un guion, algo que no estuviera ligado a él. 

Hace 35 años, Andrés no está. Andrés se fue: fiel a sí mismo. La única fidelidad posible y necesaria. La última vez que hablé sobre él, un amigo me dijo: “A Andrés Caicedo no se le entiende si no se le leyó como comiéndose un cerebro de mango maduro en una pesadilla. O un mango muy biche, pero baboso y con sal”. Como si por fin acabara de entender el misterio, respondí: “Claro, ahora entiendo: o te lo devorás o mejor no probés. Como diría Solano Patiño un observador que esté en uno de los extremos no ve el centro. Es demasiado oscuro”. Porque quien se acerca a Andrés, debe adentrarse sincera y completamente a esa tristeza y desesperación que hay en toda su obra.

La última vez que lo vi, sí, a Andrés, fue hace un mes y medio en la Biblioteca Luis Ángel Arango: sonriente daba la entrada a la exposición que preparó Luis Ospina sobre su vida y obra. Como ante un tesoro, con la misma emoción y delicadeza, me acerqué a sus cartas, a esa letra suya, tan sutil a veces, tan desesperada otras; a su máquina de escribir, sus poemas, sus guiones de obras de teatro, sus afiches de la época: “Porque no se trata de sufrir me tocó a mí en esta vida, sino de agúzate que te están velando”. Fue una última vez íntima. Andrés no dejó de sonreír en aquella fotografía que el Matacandelas hizo célebre. Andrés estaba tan joven como lo puede estar un muchachito de 25 años y seis meses.

El primer encuentro

La primera vez que supe de Andrés Caicedo, yo tenía 17 años y estaba en el primer semestre de la universidad. En cualquier almuerzo, un compañero de clase contó la historia de un primo suicida, voraz lector del caleño. En la historia, el primo se había hecho profundas heridas en las muñecas con un cuchillo, después de leer Que viva la música. Pero como Andrés en su primer intento de suicido, el tipo no murió ahí. Por lo que utilizó sus últimas fuerzas para lanzarse desde la ventana de su habitación. Un cuarto piso, valga decir.

La temible historia despertó en mí gran curiosidad, cualidad que ni las bibliotecarias ni la biblioteca de mi pueblo pudieron satisfacer porque solo había dos libros del caleño y ninguno estaba disponible. El primero era Angelitos empantanados, que aparecía en préstamo desde hacía un año; el segundo, Destinitos fatales, una recopilación de Sandro Romero y Luis Ospina que nadie encontró en ninguna sección aunque aparecía como disponible. Otros libros de o sobre Caicedo, estaban desperdigados por todos los colegios públicos de Rionegro, pero no en la Biblioteca Municipal.

En medio del desánimo, la historia de búsqueda se quedó quieta por un par de años. Ese mismo día encontré cualquier otro libro, ese seguramente me llevó a otros y yo me olvidé de la historia del suicida. Hasta la tarde de abril que el profesor de Periodismo llevó uno de los mejores cuentos del caleño, “Infección”, para leer en clase. Para ese entonces, yo ya tenía 19 años y como cualquier estudiante de Periodismo estaba maravillada con la forma, con experimentar, con escribir de todo, de lo propio y lo ajeno y Andrés lo hacía perfecto: “Odiar es querer sin amar. Querer es luchar por aquello que se desea y odiar es no poder alcanzar por lo que se lucha”.

Durante las siguientes clases, una especie de amistad se afianzó con el profesor y eso me permitió al fin comenzar a leer cuentos como Patricialinda, Calibanismo, Maternidad y Noche sin fortuna. El último día de clase, y cmo una especie de agradecimiento por el interés en las lecturas, ese mismo profesor me regaló Angelitos empantanados en la edición cara y cruz de Norma. En esa portada que siempre me ha parecido demasiado tierna para la historia –un jovencito con alas y un corazón en sus manos-, aparece una de las frases que más describen a Andrés y que es dicha por el personaje que más me gusta del libro, El Pretendiente: “Terror… tal palabra significa para mí un lugar común”.

Esa misma noche leí los tres relatos que componen el libro: El pretendiente, Angelita y Miguel Ángel y El tiempo de la ciénaga. Lo primero que me sorprendió fue la capacidad para definir tan bien a cada personaje: desde Angelita Rodante y su belleza en los buses hasta Solano Patiño el más hablador y saludador. Pero sobre todo El Pretendiente, algo en ese personaje me caló en el alma: tal vez fue su agonía, su soledad, su desequilibrio luego de una pérdida. Valga decir que luego, cuando vi la obra del Teatro Matacandelas, adoré más al personaje por la inolvidable y excelente interpretación de Diego Sánchez, uno de los actores más reconocidos de la ciudad.

Con la distancia que dan los años, también debo contar que el comienzo de estos Angelitos me sigue alterando todos los sentidos como la primera vez que lo leí. Sobre todo porque permite encontrarse de entrada con un personaje agitado y agobiado por desordenados y dolorosos recuerdos, un hombre que se impone en la tarea de encontrarles una sucesión, una armonía, no para justificar el estado en que comienza a narrar la historia, sino para neutralizar tanta capacidad para herirse. Tanta tristeza hay en ese primer párrafo y tanta desesperación, que urge leer la historia. Una necesidad apremiante por escribir como mecanismo de liberación.

A los 19 años, Andrés escribió esos tres relatos. A la misma edad, yo tuve el libro en mi biblioteca y me impresioné de la forma como alguien había logrado dominar tan bien las palabras a sus escasos 19 años, que son una época de pocas responsabilidades y entusiasmo desbordante: el tiempo de la ciénaga. El mejor de los relatos es precisamente ese, el último: el tiempo en el que Angelita y Miguel Ángel salen del burgués norte de Cali a recorrer el sombrío sur. A encontrar la muerte.

Después de ahí vino todo: cuentos, cartas, Que viva la música –a la cual sobreviví porque se debe pecar por inocencia para pensar que por un libro alguien se quita la vida-, recopilaciones y un poco de amor para las crónicas de Sandro Romero, ferviente admirador de Andrés. Después de ahí vino todo, porque por medio de Andrés uno llega la literatura de Poe y Lovecraft, al cine de Buñuel, Bergman y Polansky, a la salsa de Richie Ray y el rock de los Rolling.

Un par de compinches en la ciudad

Los mejores libros de mi vida, los recuerdo como tal porque me han dejado las mejores amistades de mi vida. Ya sea porque en alguna esquina coincidimos hablando de un mismo libro o porque decidimos emprender con alguien más el descubrimiento de un autor.

Mi amiga Yésica –tan mona como la rubia, rubísima de María del Carmen Huerta- hace parte de mi historia con Caicedo:con ella leí fragmentos de Angelitos empantanados, con ella vi hace un año el ciclo que preparó el cine club de Kinetoskopio sobre el cinéfago y que culminó con el corto adorable de Los amantes de Suzie Bloom (Historia para western). Con ella leí las mejores cartas de Andrés en Mi cuerpo es una celda, la autobiografía preparada por el chileno Fuguet. Al tiempo, ella en su casa y yo en la mía, vimos Unos buenos pocos amigos, el documental de Luis Ospina. Ella leyó El atravesado, mientras yo encontré en una biblioteca de pueblo lejana, la primera edición de Concultura de Que viva la música. Al tiempo nos enamoramos y a ninguna nos ha traicionado.

Con Yésica nos adentramos en la vida de un muchachito que desde los 13 años tenía una carrera contra el tiempo, a quien apodaban Pepito Metralla y que no soltaba su máquina de escribir ni en las mejores fiestas. Un tipito comprometido con el cine y la literatura, amante a las historias de vampiros, que primero quiso ser actor y luego se hizo director, al que solo escribir lo mantenía vivo. Un hombre al que la ausencia lo hacía escribir, enamorado de Patricia súper divina, que intentó dos veces su suicidio hasta que ingirió las sesenta pastillas de Seconal.

El último de nuestros planes es viajar a Cali a finales de año. Ya tenemos 21 años, edad en la que Andrés comenzó a sentirse un anacronismo, así que es justo cumplir con el compromiso de pisar las mismas calles que él maldijo y escuchar la salsa que tanto bien le hizo. Hace un año planeamos el viaje, pero la Rubia partió para Brasil sin tiempo para cumplir con otros viajes. Cada que comentamos nuestras intenciones, nos preguntan si pretendemos cerrar un ciclo o algo parecido. Quien haya leído y quiera como se quiere a Andrés Caicedo, sabe que nunca se cierra ningún ciclo, que la decepción de sus días permanece en uno. Se mezcla con la de uno.

Por ahora, es domingo, noche de perdición. He soportado un domingo más gracias a Andrés y al analgésico que produce leer y releer sus cartas de domingo. Andrés se fue, pero quedó el mito que él siempre procuró: “Mi sufrimiento amainará mientras me dure la fuerza que me haga seguir escribiendo”.

domingo, 13 de enero de 2013

Terror


Otra vez mamá en un ataúd, pero esta vez también papá. Ambos muertos. A y yo huérfanas; eso gritamos y pataleamos ante un montón de desconocidos que están cerca, que parecen familiares pero no lo son. La peor pesadilla de todas, A a mi cargo. Y todos muertos, todos a mi alrededor, menos A. Mis amigas son las que son, pero hay algo más: todas tienen algún tipo de cáncer, solo que en el sueño el cáncer es una especie de gripa. Sin importancia, todo es común. Ni me preocupa, me preocupa A. Cómo hacerme cargo de A. Hay una extraña película. No recuerdo el argumento, pero cada que la vemos –A y yo– alguien muere. Lo mismo pasó con papá y mamá, pero a esa conclusión llego al final del sueño. Ocho horas, incesantes, sin cortes a comerciales: muertos y más muertos, enfermos, orfanatos, desconocidos, y A.

Es una película de terror. Todo el día me lo quedo pensando en lo mismo: ¿Hacerme responsable de A? Imposible, no hay manera. La imagen en el ataúd de mamá, otra vez. A los doce ya la había soñado, la tengo más que presente: un vestidito violeta, blanca, pálida, con florecitas amarillas por todo el lugar. Esta vez no recuerdo tanto, y eso que no han pasado más de 24 horas. A papá nunca lo había visto ahí. Pesadilla del demonio. Es menester de los cobardes morir antes que todos, así es que yo quiero.

Lo cierto es que sueño muy poco. O no recuerdo casi nada, qué sé yo. Estoy por pensar que es por mi bien, porque cuando recuerdo paso días insoportables y noches con miedo. ¿Hacerme yo cargo de A? Por dios, por lo mismo tengo muy claro que no seré mamá: nunca voy a crecer, todo lo que me gusta significa una prolongación nefasta de mi infancia, A es mucho más responsable y sensata. A siempre está pensando en vivir y yo en morir. No hay manera que yo en este mundo pueda responsabilizarme de alguien más, ni de mí. No hay manera, carajo.